miércoles, 1 de abril de 2020

Son los vecinos los que eligen al... y lo segundo ya tal

Llevaba días sin salir de casa, como tantos millones de españoles. Más de una semana, además, sin ir a comprar. Ayer, por fin, me decidí a ir a la frutería. 

El trayecto fue corto, no queda lejos. La habitual estaba cerrada, leí un cartel junto a la puerta. La de al lado estaba desangelada, solo coincidí con el tendero que me saludó muy amable, en mi idioma, aunque no es de aquí. Cruzamos un par de frases mientras yo seleccionaba, con unos guantes de plástico, manzanas, peras y unos plátanos algo pochos, la verdad. 

A la vuelta, además de respirar bocanadas de aire libre, me percaté de una cosa. Un hombre embozado y con gafas de sol ¿? tiraba de su carrito a pocos metros tras de mí. No me fijé mucho porque no quería parecer neurótico. No es una frase de relleno. Algunas personas que se cruzaron con nosotros, en sentido contrario, se espaciaban como si fuésemos apestados. Pero entiendo perfectamente que es lo que desde arriba han aconsejado, establecer distancia de seguridad. Un metro, metro y medio. Dos… Me parece bien, insisto. 

Mi perseguidor, a buen ritmo, se desvió a la izquierda. Me dio la sensación de que iba a alguno de los edificios cercanos al mío. Pensé incluso en la remota posibilidad de que se tratase de alguno de mis vecinos de escalera. Me habría saludado, pensé, ya que a diferencia de él yo voy a cara descubierta. Por insensato que parezca por mi parte. Por segunda vez le vi hacer un movimiento de fuga y apretar el paso, justo antes de encarar mi patio. Resuelto el misterio: en efecto, era/es uno de mis vecinos que imagino vendría de comprar.

Vi cómo sacaba las llaves y entraba deprisa. Yo lo hice despacio, consciente de que me había visto acercarme. Dejé dos metros largos, largos, largos de separación entre nosotros, esperando al ascensor ya en el zaguán. Reconozco que me sentí triste. No por la distancia que nos separaba, ya dije que entiendo lo de la medida de precaución para evitar contagios. Me entristeció saber que él, habiéndome reconocido como su vecino, no me saludase. En ningún momento. Que por eso, sabiéndome vecino, apretara el paso para adelantarme en la calle y entrar el primero en el portal. 

Pero si algo me resultó terriblemente triste fue lo del zaguán. Al entrar y verle esperando el ascensor le dije Buenas tardes. La distancia no era kilométrica y la acústica buena. Quizá sea uno de los primeros síntomas de otra enfermedad, de otra pandemia silenciosa. Una que a veces llega en momentos como estos, cuando más se necesita de la solidaridad y comprensión. Me oyó perfectamente, querida lectora, querido lector. No le justifiques tan deprisa. Me miró y agachó la cabeza. 

En cuanto abrió la puerta del ascensor se coló como alma que lleva el diablo. Luego esperé mi turno para subir a mi rellano. Vi en el luminoso en qué piso se detuvo mi estimadísimo vecino. Hemos coincidido otras veces, en ese mismo zaguán sin medidas excepcionales. Y, seguramente, lo haremos cuando estas hayan pasado. Me entristece que cuando eso ocurra lo mismo sea yo quien gire mi cara si él me dijese buenos días o buenas tardes. Pero más me entristecería si me enterase de que mi vecino, el del séptimo, se ha contagiado estos días de “eso” y  no lo ha superado. Triste, porque lo mismo lloraría lagrimas muy finas, muy pequeñas, imperceptibles. 

Como no quiero acabar con tristezas y menos en estos tiempos, pongámosele otro final. Viva el buen rollismo en época de crisis. 

El vecino en cuestión me reconoce en la calle, me saluda. Comentamos qué tal nos va a un metro de distancia, claro, caminando con nuestros respectivos carros de la compra hasta el patio. Pedimos uno al otro, alternativamente, pasar delante. Le cedo el turno, aguardamos en el zaguán deseándonos que esto acabe pronto, dándonos ánimos. Luego él sube, yo lo hago después y colorín colorado este cuento se ha acabado

Marchalenes (Valencia) puede ser una pedanía de Disneylandia si uno está dispuesto a creer en la fantasía y en los cuentos de hadas. 
Ánimo y quédate en casa. Como yo.

Esta historia está basada en hechos reales. Cualquier parecido con la ficción es pura realidad.

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