sábado, 3 de marzo de 2018

A Sergio, agradecido


Cada paso que damos nos damos cuenta que donde quiera que vayamos,
estamos en camino hacia la eternidad.

A Sergio Martinez, que ya viaja hacia ese lugar mejor donde nos esperará con una sonrisa inquebrantable.

El anciano llevaba varios días inquieto por las noches. Se acostaba pronto, pero no conseguía hilar el sueño hasta bien entrada la madrugada para despertarse antes del alba. Vivía solo, su casa era humilde, sus rutinas diarias le hacían feliz a pesar de la ausencia de vecinos y visitas desde hacía ya tiempo. Si en algún momento notaba un cosquilleo molesto cerca del corazón, acudía, arrastrando despacio los pies, al cuarto más alejado de la casa. Encendía la bombilla desnuda y se quedaba unos instantes contemplando las fotografías enmarcadas y los recuerdos en las paredes y estantes. De tanto en tanto se le escapaba una lágrima soslayada que dejaba caer sin esfuerzo. Su fotografía favorita, a la que acudía acercándose con la vista cansada y a la vez animosa, era una con dos jóvenes de frente. Estos, montados en sus motocicletas, festejaban una carrera con una amplia sonrisa, mirando al fotógrafo. En realidad, fotógrafa.

La instantánea la había tomado la novia del que parecía más recio de los dos. Los recuerdos venían entonces a su mente como a lomos de aquellas motocicletas. Tomaba la única silla en el cuarto y se quedaba largo tiempo mirando y evocando aquel recuerdo, aquella fotografía, hasta volverla real.

La carrera se había retrasado por la lluvia, pero finalmente se celebró con gran expectación de público y medios. Sergio se había preparado a conciencia. Se lo había comentado a María, su novia, pidiéndole que se colocara cerca de la meta para que le tomara una buena fotografía. En la línea de salida los participantes ocuparon sus puestos junto un debutante que no contaba para las encuestas. Tras la señal de salida, las motocicletas ensordecieron la pista para disfrute de los asistentes. Sergio fue ascendiendo posiciones hasta hacerse un hueco en la terna de cabeza. Le siguió a rueda el debutante. Los cuatro motoristas encararon la recta final casi en un puño, pisando a fondo el acelerador al ver la bandera de cuadros. La foto finish dio la victoria por muy poco a Sergio. Victorioso, al bajar del cajón del podio, quiso hablar con el cuarto, con el debutante. Surgió entre ellos una rápida complicidad y le pidió a María que les tomara una foto sobre sus motocicletas. Coincidieron en más competiciones, a Javier le fascinaba el buen humor de Sergio antes y después de las carreras, su camaradería con los compañeros y la vitalidad dentro y fuera de los circuitos.  

Un día recibió una llamada de María. Sergio había tenido un accidente durante unos entrenamientos libres. Le habían hospitalizado en cuidados intensivos. Javier supo que aquella era otra prueba más en la vida de Sergio, que saldría de ella victorioso, estaba convencido de ello. Y se convenció aún más cuando, a través de María, fue sabiendo que el estado de salud de su amigo tuvo que sortear desde un infarto a una intervención larga y complicada. Sergio es fuerte, se repetía, es un luchador y vencerá; ya lo verás.

Sentado en la silla, frente a la fotografía, los ojos se le anegaron de lágrimas. El rumor en el corazón le empezó a incomodar al traer nuevos y dolorosos recuerdos. Se puso en pie con torpeza, aferrándose al marco de la puerta. Antes de cerrar la habitación y apagar la luz echó un vistazo a la fotografía. Creyó ver a su amigo Sergio más sonriente que nunca.

Esa noche el sueño le vino suave, plácido. Le agradó verse joven de nuevo, reconoció a María con su cámara de fotos pidiéndole que se acercara a Sergio. Oía el ruido de la gente, el de las motocicletas, aunque no vio a su amigo a pesar de las señas de María. Podía escuchar el motor de la moto de Sergio tan cerca… Tan cerca que se despertó con el corazón encogido. Salió de la cama y se asomó a la ventana porque seguía escuchando la motocicleta de Sergio allí fuera. Los ojos se le humedecieron al ver por el camino la silueta de su amigo montado en su fantástica Harley-Davison. Era él, no le cupo ninguna duda, no había cambiado nada. No se preguntó cómo era posible. Su mente borró aquellas escenas cuando María, en el hospital, se abrazó a él para llorar en su hombro desconsolada. Por el contrario, sin hacer preguntas, se dirigió donde Sergio le esperaba paciente, con el motor en marcha, haciéndole un gesto para que se subiese con él. Y ya no le dolió el corazón, ni sintió molestias en sus huesos ni en sus pies cansados. Se encaramó con agilidad al asiento, le abrazó. Sergio, sin perder la sonrisa, le pidió que se agarrara fuerte porque iban a hacer un viaje muy largo. Ambos se perdieron por la línea del horizonte sin mirar atrás.

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