sábado, 3 de junio de 2017

Insecto que no has de beber...


A la niña le gustaba salir al jardín y contemplar a los bichos, en especial a las arañas. Solía entretenerse con ellas fascinada por la curiosa forma de las telarañas, pero sobre todo al verlas corretear cuando caía algún insecto en ellas. A menudo usaba un palito para engañarlas y hacer que salieran de su escondite o, si estas adivinaban sus intenciones, les echaba algún bichillo que cazaba por verlas acudir veloces, picando y enredándolos antes de advertir como  regresaban igual de ligeras a su escondite.
Esa mañana, la niña no apareció. La araña había atrapado un escarabajo grande y negro con el que se estaba nutriendo cuando notó la vibración en uno de los hilos de la telaraña. Dejó al escarabajo; volvería más tarde, se dijo. Acudió donde el temblor para descubrir a un pequeño y enclenque insecto palo. Al principio la araña dudó de qué hacer, pues no le apetecía mucho invertir tiempo y esfuerzo en el viejo insecto. 
Demasiado hilo para tan poca cosa, se dijo. Lo estuvo mirando con sus múltiples pares de ojillos brillantes; torpe y fatigado bailaba enredado en uno de los pegajosos hilos de la trampa de seda; ella se acercó a él despacio, lanzándole nuevos hilos aunque solo fuera, se dijo, para que se estuviera quieto y no le estropeara aquella parte de la telaraña. Más tarde se decidiría o no a devorarle, reflexionó. 
Regresó donde el escarabajo más hambrienta aún. El insecto palo dio vueltas y vueltas intentando descolgarse o al menos desenredarse, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. De alguna forma, su instinto le decía que algo malo iba a ocurrirle, aunque no era capaz de precisar bien el qué. Por eso se movió insistente tratando de zafarse o de alcanzar quizá, con una de sus patas, algo donde agarrarse. Resultó ser otro de los hilos de la telaraña. Su propietaria, cansada de las molestias del insecto palo mientras terminaba de extraer los jugos al exquisito escarabajo, volvió donde aquel, esta vez para tomar una decisión drástica. Le enredó aún más con sus hilos, inmovilizándole con un leve picotazo, asegurándose así de que podía regresar donde el escarabajo y, cuando tuviese hambre, acudir y dar buena cuenta de él. Al fin y al cabo, se dijo, a buen hambre no hay insecto malo. 
El negro escarabajo parecía no agotarse, en tanto el insecto palo, aturdido, apenas se esforzaba ya por desenmarañarse. Aguardó a su suerte, confiando en que el tiempo de espera de lo que fuese a ocurrirle no resultase largo.
He aquí que en esa espera una sombra ocultó parte de la telaraña. Unos grandes ojos se fijaron no solo en el escarabajo y la araña chupándole hasta la última gota de vida, también en el pequeño ovillo de seda en uno de los extremos de la telaraña. La niña usó una ramita para romper parte de los hilos y disipar así la curiosidad por saber qué insecto había atrapado ese día la pérfida araña. Fue así como contempló al pequeño bicho palo, inmóvil, condenado a su suerte. Y si bien a la niña lo que más le gustaba era ver el momento en el que la tejedora acudía rápida para atenazar y ovillar a su presa, sintió un repentino apego por el insecto palo al punto de cortar, con la ramita, el hilo que lo mantenía colgado de la red. 
La araña se escondió en su refugio al notar tanto trajín, supuso que debía de tratarse de aquel ser que de tanto en tanto la incordiaba. Solo salió cuando la gran sombra desapareció. Fue al extremo de su telaraña para descubrir que el insecto palo ya no estaba. No lo echó de menos, se consoló diciéndose a sí misma que era flaco y añoso, acudiendo presta donde el jugoso escarabajo que seguiría dándole alimento durante un tiempo, aunque como todos los insectos que caían en su trampa, acabaría por agotarse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario