lunes, 22 de mayo de 2017

Superpoderes


Cuando era chico me encantaban los tebeos y las películas de superhéroes. Eso de que una persona pudiera volar o tener una fuerza descomunal me parecía asombroso y, de alguna forma, fantaseaba con tener algún día un superpoder así. No me ponía de acuerdo en cuál prefería; en realidad, mi imaginación desbordante no se contentaba con uno solo y me veía en mis sueños despiertos con la capacidad de volar de superman, con la de la superfuerza de la masa o la de invisibilidad de la mujer maravilla que me sacó más de una sonrisa en mi adolescencia, cuando comencé a pensar en chicas, en qué ocurriría si entraba de tapadillo en los aseos femeninos de mi colegio… Cosas de adolescentes.
También comprobé que no era el único que anhelaba esos poderes extraordinarios. Un amigo de mi barrio compartía los mismos sueños. Él fue unas de las pocas personas a las que me atreví a hablarle de mis locuras por miedo a que se riesen de mí. Y, como en mi caso, debatíamos algunas tardes cuáles eran los mejores superpoderes a la hora de que pudiéramos elegir o escoger el que nos gustaría tener.
El tiempo pasó y no solamente mis superhéroes quedaron relegados al olvido sino que también mi amigo se mudó de ciudad hasta no hace mucho, meses atrás, cuando volvimos a coincidir de nuevo. Esta vez la complicidad vino porque, a pesar de nuestras edades y giros de la vida, seguíamos solteros y sin intención de casarnos a corto plazo. En una de esas conversaciones de reencuentro y evocación, sin saber cómo, me acordé de lo del superpoder.
Mi amigo me habló de una chica que le gustaba. Lo de chica me sonó dulcemente extraño. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie hablar así de alguien. Me pareció divertido, al principio, incluso llegué a pensar que exageraba, que era producto del alcohol ingerido, aunque tampoco esa noche habíamos bebido tanto.
Es muy guapa, repetía, y creo que le brillaban los ojos al hacerlo, ya digo que lo mismo era por las cervezas, pero claro, luego ponía aquella cara de alelado y terminé por creerme lo del superpoder.
Sí, mi amigo dijo que la chica en cuestión le había transformado. Como le insistí, pidiendo otra ronda, en que me diera detalles, se dejó caer en el respaldo de su silla y, de nuevo con aquella cara de empanado, me dijo que pensaba en ella todo el tiempo.
Eso es que te has enamorado, le dije.
¿A mi edad?, me contestó.
Oye, sin faltar que también es la mía.
Por eso, no creo que sea amor.
¿Qué edad tiene?, pregunté cada vez más intrigado y con la mosca tras la oreja. Se tomó unos segundos en responder.
Veintiuno…
Acabáramos, terminé sentenciando, tranquilo, tiene cura. Y no, no es amor, te has enchochado.
No, no es eso; dijo a modo de escusa.
Créeme, yo pasé por eso. Solo has de tener cuidado, las de veinte si tienen un superpoder sobre los que peinamos canas.
La conversación siguió más o menos en esa línea, hubo otra ronda de zumo de cebada, más confesiones, algunas fotos que me enseñó como para que le dijera lo que no paraba de repetirme, que era muy guapa.
Recuerdo que cuando me levanté al día siguiente, resacoso, uno con los años va perdiendo la capacidad de aguantar el alcohol, volví a pensar en mi amigo, en cómo le había cambiado aquella joven –según había dicho con insistencia– que, para más señas, tenía a su vez novio, un amigo.
Sí, estaba pillada, como me dijo mi amigo Javier. Le insistí en que tuviera cuidado, pero en el fondo sabía que la joven araña le había atrapado en uno de sus hilos. La metáfora la saqué de un documental, unos de esos días. La araña lobo tiende hilos en busca de macho en época de celo, y estos, al tocar los filamentos impregnados en feromonas, se acercan telegrafiando sus intenciones, con cuidado, no sea que aquella les confunda con comida.
Me hubiera reído y mucho de cómo el superpoder del amor, así lo llamó mi amigo, hizo que en unos días se comprase ropa nueva, un cambio de look que casi me constó reconocerlo. También se apuntó a un gimnasio, luego supe que el ‘noviete’ de la araña era, además de más joven que mi amigo, un tipo musculado, de los de tableta de chocolate, como se dice ahora. Jamás vi el coche de Javier más limpio y reluciente, no pude callármelo el día que me recogió en la puerta del gimnasio, de donde salía, esbozando una sonrisa triunfal, con gomina en el pelo, para contarme las últimas novedades.
Han discutido, creo que van a romper.
Sentí tristeza, al menos una incomodidad en la boca del estómago que supuese tenía que ver con lo que escuchaba.
Espero que sepas lo que estás haciendo, recuerdo que le dije.
Estaba tan alegre que no me atreví a quitarle de golpe la escalera en la que se había encaramado a la nube. Me lo reproché durante los días siguientes, cuando no respondió a mis llamadas ni a mis mensajes de móvil.
Cabían las dos posibilidades, que estuvieran saliendo y, acaramelados, no tuviera ni tiempo de contestar al móvil. Sentí un poco de envidia, lo admito. Pero también estaba la otra causa, que la araña hubiera cortado el hilo. Esperaba no tener que consolarle tras la caída.
El tiempo es un orfebre implacable y no tardé en ver un día el coche de mi amigo tan sucio como el mío, que ya es decir. En el gimnasio me dijeron que hacía tiempo que no le veían, y cuando, por una casualidad premeditada, me acerqué por su barrio, por su portal, creí verle entrando en él con una bolsa del supermercado.
Javier, ¿eres tú? -Me pareció tan increíble su aspecto como cuando el nuevo look, solo que esta vez no me nació darle un abrazo alborozado-. ¿Qué te ha pasado?
Algún supervillano parecía haberle lanzado un rayo fulgurante, pues no solo estaba desmejorado, ¿cómo era posible que hubiese engordado así en tan poco tiempo desde que nos viésemos? Su aspecto desaliñado y las ojeras me hicieron temer lo peor.
Agachó la cabeza y se hizo el despistado, no quería hablar, no quería verme. Le insistí, volvió a mí el nudo en el estómago.
Entré en su casa, tras él, apenas se opuso. Me abstengo de describir cómo encontré su piso. Con lo que yo me quejo de lo descuidado que tengo el mío..., el suyo parecía un documental mostrando el paso de un tornado. Tardé en reaccionar, en buscar las preguntas, en el fondo temía conocer las respuestas, al menos una, la razón principal. Me senté a su lado. No debí hacerlo, mi presencia le desanimó aún más, comenzó a llorar sin motivo aparente. Se tapó la cara, dijo algunas frases cortas… Tuve que contenerme porque, en el fondo, me sentía un poco culpable, y sin embargo, al rato, se tranquilizó y me dijo que estaba bien. Era una excusa, su forma de decirme que prefería estar solo.
En las historietas de superhéroes y supervillanos había otra cosa maravillosa, además de los superpoderes: el final. Eran historias en las que el bien vencía al mal y los buenos, al final, acababan estupendamente. En la vida real, como muchos ya saben, no siempre ocurre esto. A veces el chico acaba con la chica, o viceversa; en otras se ve al grupo de amigos, a menudo con un perro superlisto, que montan una fiesta o una merienda y ríen cerrando entusiastas la viñeta final. 
Mi amigo Javier me contó cierto día que creía en el poder del amor, en el superpoder del amor, ese que logra transformar a personas tímidas en menos tímidas, a silenciosos en elocuentes y a tristones en entusiastas. Quizá en algún momento, en alguna viñeta, se nos olvidó recordar aquello que dijese el Hombre Araña de Marvel en la gran pantalla, aquel superhéroe que lanzaba hilos por los edificios para no caerse, sin quedar prendido de ninguno, y cuyos guionistas le hicieron decir una frase memorable: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Suerte, Javier.

Para todos los Javier que bailan o han bailado alguna vez entre los hilos de una araña joven y guapa.

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