miércoles, 24 de mayo de 2017

La última función


Durante días no se habló de otra cosa en el barrio. Muchos de los vecinos del viejo inmueble se alegraron de que la policía se hubiera llevado por fin a la anciana del ático. Hubo también a quien le dio pena, calculaban que tendría noventa años. Pero desde hacía varios meses se había encerrado en su piso y temieron que el desagradable olor que bajaba fuera una prueba de que la pobre anciana había pasado a mejor vida. 

La policía esperó a que los bomberos echasen la puerta abajo para ir sacando basura acumulada durante años en cantidad suficiente para llenar un camión municipal. La anciana, al llegar al hospital, desnutrida y aturdida, no recordaba ni su nombre ni se le encontró parientes que respondieran por ella. Mientras la desnudaban, los enfermeros advirtieron que en una de sus manos asía fuertemente un objeto pequeño y duro. Ella forcejeó hasta la extenuación, y volvió a preguntar por aquello a quienes fueron a verla más tarde a su habitación. Lo pidió con tanta insistencia, entre lágrimas, que el médico responsable preguntó a las enfermeras y celadores por el objeto misterioso. Resultó ser un aparente trozo de piedra. Caliza, apuntó uno de los médicos residentes antes de que el jefe de planta accediera a la petición y se lo devolvieran a la anciana. Esta se calmó nada más tenerlo entre sus manos hasta el punto de quedarse dormida. En realidad, no lograron despertarla, se dieron cuenta tarde de que la medicación había podido con ella.
Setenta años antes, lejos de esa ciudad, en la consulta de un doctor, un hombre de mediana edad y su ayudante aguardaban a que aquel se lavase las manos tras el biombo para desvelar el diagnóstico. El paciente llevaba días con unos dolores terribles en las manos, en las articulaciones, aunque solo la insistencia de Salvatore, su ayudante, le había empujado a visitar al doctor. En el fondo, él sospechaba lo que este le iba a decir. No entendía de medicina, su don era otro, pero intuía que le expondría que lo suyo era irreversible, que tendría que dejar de actuar, las funciones itinerantes...

¿A qué se dedica? pregunta el médico, sentándose por fin tras la mesa llena de papeles.
Hay un silencio, los dos hombres a este lado se miran. El ayudante hace un gesto.
¿No sabe quién es? Es Kalosini, el mago. La ciudad está llena de carteles con la función para este viernes. Le daré dos entradas para que vaya a ver el espectáculo… ―añade, llevándose la mano al bolsillo de su chaleco. 
El mago le hace un gesto para que calle al ver la cara del doctor un tanto apática.
Creo que al doctor no le interesa la magia, Salvatore.
Pues no, yo soy médico, no creo en… trucos de magia.
Kalosini entiende el esfuerzo que ha hecho el doctor para reprimir una expresión menos amable, él mismo asiente como dando por bueno el argumento, no quiere perder más tiempo en la consulta, el dolor arrecia en sus manos, también en sus rodillas; sus huesos se revelan sobre todo por las noches, a la hora de acostarse, pero eso no se lo ha dicho al médico. No ha hecho falta, el doctor ha usado primero un lenguaje técnico para más tarde confirmarle sus sospechas: es una enfermedad degenerativa, irá a más con el tiempo, los miembros se le irán agarrotando, el dolor se volverá insoportable todo y que le receta morfina.
No abuse, ya sabrá los efectos que tiene oye el mago, también su ayudante que guarda la receta sacando a su vez las dos entradas prometidas para la función de esa semana.
No creo que vaya le dice el médico a Salvatore, aunque las toma y manosea esperando que el ayudante o el médico le abonen el coste de la consulta.
Muchas gracias, doctor. Es la despedida de Kalosini.
Yo de usted me buscaba otro trabajo, y no solo por... sus trucos.
El ayudante se adelanta para abrir la puerta, el mago se coloca la chistera, hace una pequeña reverencia al doctor antes de salir. Ya en la calle, le pide a Salvatore que vaya a comprar la medicina a la botica.
Me da apuro dejarte solo.
No me pasará nada.
Vas a verla de nuevo, ¿verdad?
La pregunta queda sin respuesta unos instantes. Él no quiere contestar, tampoco es necesario. 

Salvatore y él llevan viajando con el espectáculo itinerante demasiado tiempo. En todos esos años han vivido muchas alegrías, también penas e injusticias. Así lo cree Salvatore, pues sabe que el verdadero mal del mago no está en sus manos, sino dentro, en su corazón. Ya no es el mismo, ahora solo actúa bajo ese aura melancólica, sin la vitalidad de las primeras funciones… Años atrás las mujeres siempre quedaban fascinadas con su locuacidad, con sus habilidades sobre el escenario. Alguna compartió más de una noche de hotel, recuerda ahora Salvatore, pero ninguna se quedó, ninguna aceptó compartir el resto de su vida con el mago. Y lo que en un principio le pareció bien para él, alargar sus ingresos recorriendo el país, se fue dando cuenta de que era lo más parecido a una condena para el gran Kalosini. Ninguno de los dos había mencionado la palabra retiro, aunque flotaba en el aire, de tanto en tanto, en alguna conversación a altas horas de la noche cuando el mago se despertaba agitado, con pesadillas recurrentes .

Ve a por la medicina, nos veremos en el hotel dice dándole la espalda para internarse entre la muchedumbre de la calle. 
Salvatore le ve alejarse, preocupado.
También Kalosini aligera primero el paso para distanciarse de la consulta del médico y, más tarde, para notar un peso invisible que parece retenerle, como advirtiéndole de que una segunda mala noticia le espera en la casa a la que se dirige. La divisa pronto, es la residencia de un rico comerciante que vive allí con su familia. Su mayor tesoro es Angélica, su hija, tan atractiva como indecisa a la hora de elegir pretendientes. Muchos habían caído en sus redes, en su juego de seducción; unos habían huido a tiempo. Otros no, abotargados por los galanteos y deferencias de la muchacha, se habían desquiciado al saberse rechazados, algunos provocando reacciones violentas o relegados al suicidio incapaces de soportar la humillación pública.
En realidad, la joven Angélica se había encaprichado de un terrateniente extranjero que la cortejaba ya sin recelo, como si fuera cuestión de tiempo que el padre diese la bendición. Salvo por el hecho de que también se había encaprichado de Kalosini, aunque de un modo menos apasionado, atraída únicamente por aquellos trucos de magia que la distraían de su aburrida vida encerrada en a casa o acudiendo a las aún más aburridas fiestas de sociedad organizadas por su padre. Desde que fuera a ver uno de los espectáculos de magia del gran Kalosini había hecho lo indecible para hablar con él, a solas, tras la función, flirteando y dándole promesas para quedar de nuevo, días más tarde, incluso en su casa.
Llama a la puerta. Un criado le hace pasar al vestíbulo donde debe esperar. Angélica llega al rato, radiante, encantada de volver a verle. Coquetea con él en el jardín, lejos de las miradas de sus padres, le arrulla acercándose a él, apoyada en su brazo, como en una confidencia.
Estoy harta de este sitio, llévame contigo.
Aquello sorprende a Kalosini, nota un calor antiguo en su corazón, hacía tanto tiempo que una mujer no le hablaba así. Solo que ella no es como las otras, es especial, al menos así la ve. Tan joven, tan guapa, y con esa mirada capaz de derretir al hombre más inflexible.
¿Te vendrías conmigo? ¿De verdad? No es una vida fácil, siempre de un lado para otro.
Por supuesto contesta ilusionada, apretándole el brazo, hablándole al oído; me encantaría viajar, conocer otros países, otras gentes, esto no es vida para mí.
Consciente de la existencia del otro pretendiente él le insinúa qué hará con aquel.
No sé, no hablemos de él ahora; tú estás aquí, haz un truco de magia para mí.
Y como si el amor nublase la razón de la misma manera que Kalosini consegue distraer la atención del público en sus espectáculos, la joven le seduce. Se entusiasma así con el truco de la rosa y las cartas que Kalosini le regala con un rápido movimiento de manos.
¿Vendrás a la función del viernes?
Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo. Deposita un beso en la mejilla del mago que inconsciente se gira antes de tiempo robándole medio beso en los labios.
¿Te ha molestado? Disculpa, yo no…
No pasa nada, pero no me gusta que me roben un beso.
Se lo perdona con una sonrisa pícara que Kalosini reproduce en su cabeza durante el trayecto de vuelta al hotel. Qué mejor manera de despedirse de su público que en una última función, se dice esbozando también una sonrisa, adelantándose al momento en que regrese a aquella casa para pedirle la mano al padre de Angélica.
Espera paciente al día de la función, sueña con ella, con una casa apartada de la ciudad, de los escenarios, con un huerto quizá, aunque el dolor en sus articulaciones le despierta de la ensoñación. Borra aquellas imágenes, pero retiene las otras, esas en las que se ve con ella, con Angélica, abrazándola, besándola, experimentando de nuevo el breve ardor del amor que tan esquivo le ha sido a los largo de su vida. Pone todas sus ilusiones en la muchacha de rubios cabellos y sonrisa de ángel.
El viernes de esa semana, el patio de butacas está a reventar. Desde detrás del telón, Salvatore se asoma para advertir a Kalosini que han venido las autoridades  principales e incluso el médico con su mujer.
¿No estarás nervioso?
¿Y a ella, la has visto? ―Su ayudante se interpone, no le quiere decir que sí. Déjame ver.
Ahora no, has de prepararte.
Salvatore se coloca entorpeciéndole el paso, pero él se zafa en un descuido para asomarse por entre el telón y el hombro de su ayudante. Sí, allí está, en las primeras filas, con su familia y el terrateniente que, según aprecia, le aprieta una mano entre las suyas.
Vamos, vamos, que sales en cinco minutos oye de Salvatore, pero es como si la voz viniese de un lugar lejano. Dentro de sí, el calor se le ha transformado en brasas ardientes, en un fuego que le quema. No quiere salir, subir al escenario, ser la burla de todos, porque se convence de que todos los presentes le mirarán con desprecio, como si le reprochasen que haya sido tan estúpido de creerse que la muchacha le escogerá a él en lugar de al apuesto terrateniente. 
"Qué bien se lo estará pasando a mi costa", piensa Kalosini. 
El dolor en las manos le hace estremecerse, incluso nota como si se le quedasen dormidas, un augurio de la enfermedad, de que acabará postrándole algún día en una sucia pensión de mala muerte, en un rincón olvidado, solo…

El telón se levanta, el público rompe en aplausos, se anuncia la salida de Kalosini entre silbidos y vítores. Él aún tarda en pisar las tablas del escenario justo cuando comienza a oírse un rumor entre los asistentes. Da las gracias, abre con uno de sus trucos clásicos, arranca exclamaciones, nuevos aplausos, miradas de admiración. Se siente turbado, las veces que se fija en Angélica su corazón amenaza con detenerse. El tipo sentado a su lado parece adivinar sus pensamientos y se mantiene pegado a ella. El dolor en sus dedos se agudiza por la fuerza de sus pensamientos. Es entonces cuando, en un parpadeo, al terminar un truco ribeteado de aplausos, comprende que debe cumplir la promesa que se ha hecho a sí mismo la noche anterior. Anuncia de improviso que va a realizar un truco especial. Para ello necesita a alguien del público, una voluntaria a ser posible. Hay brazos levantados, gente que grita aquí, aqui, pero él señala a Angélica. Entre aplausos, ella sube al escenario, llega donde el mago. Los pequeños trucos de cartas solo son una cortina de humo, la gente aplaude y bajo aquel rumor le preguntó en voz baja si sigue queriendo irse con él, marcharse de allí juntos, dejándolo todo atrás.
Ella niega con la cabeza, en sus labios Kalosini puede leer un no, aunque el resto del público sigue atento a la joven, a su belleza sobre el escenario, a los trucos de magia girando a su alrededor de la mano de aquel mago que cada vez se siente más cansado, más vacío.

Kalosini echa una última mirada furtiva a su lado, donde distingue en la sombra, tras el segundo telón, a Salvatore. Este se inquieta, le conoce demasiado bien, algo no le cuadra. Es como si aquel le hubiera hecho una mueca de despedida. A partir de ahí todo sucede deprisa… Kalosini toma un pañuelo blanco, se lo da a Angélica para que haga con él un nudo, una flor. Ella se lo tiende mirando sin ver, ajena a la mirada del mago, divertida como todas las veces que le ha pedido un truco de magia más para su disfrute. Dos lágrimas caen por las mejillas de Kalosini. Al tocar el pañuelo, este, por arte de magia, se transforma en una rosa blanca auténtica. Ni Angélica ni el público salen de su asombro. La rosa baila entre los doloridos dedos del mago, él la golpe en la palma de una de sus manos para transformarse a su vez en un pajarillo. Un petirrojo que se apoya en uno de los dedos. Los aplausos le asustan y sale volando. Decenas de ojos siguen el vuelo del animal por el techo del teatro, solo unos pocos, los de Angélica entre ellos, ven a Kalosini abrirse la pechera de su traje con una mano, descubierto el ojal donde asoma la piel, con la mano derecha, se da un suave golpe, como si percutiera una nota musical. Desde los pies va ascendiendo una transformación lenta pero inexorable que en segundos convierte al mago en una estatua de piedra. Se hace un silencio doloroso en el teatro. Junto a la joven ya no está el gran Kalosini, el mago, sino una especie de escultura rocosa, inmóvil, grotesca. La joven se aleja asustada, se reune con su familia y el terrateniente que grita que avisen a alguien. El griterío no cesa a pesar de las llamadas a la calma de Salvatore tan confundido como el resto. Una marabunta de asistentes, ya en pie, suben al escenario para acercarse a la estatua primero y, encolerizados, para arremeter contra ella después. No tardan mucho en derribarla, en romperla. 

Algunos trozos estuvieron rodando por la ciudad días después de que la función se clausurase, de que Salvatore tuviera que salir medio escondido por la puerta trasera y el nombre de Kalosini se asociara despectivamente. Nada pareció quedar de aquella noche con el paso de los años, solo un fragmento pequeño de roca que Angélica guardó para sí mucho después de que el terrateniente la abandonase como hicieron los que le sucedieron y decidiera un día marcharse lejos, con sus recuerdos y aquella piedra de quien un día le propusiese la vida que nunca tuvo.

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