martes, 30 de mayo de 2017

Fin del hechizo


A pesar de que su padre les había pedido que se fueran a dormir, los dos niños jugaban en su cuarto despreocupados.
―¿Qué ocurre aquí? ―gritó aquel entrando de improviso. Ellos se asustaron permaneciendo en silencio, corriendo a esconderse bajo las sábanas de sus respectivas camas―. Si os portáis así de mal vendrá la bruja y os llevará a su cueva.
El muchacho se rió asegurando que no existían las brujas; su hermana, unos años más joven, no dijo nada, prefirió seguir atenta con la mirada a las palabras y los gestos de su padre que acercó una silla para sentarse justo en el espacio entre ambas camas.
―Parece que estás muy seguro, quizá deba dejar entonces la ventana abierta esta noche. Así, cuando estéis durmiendo, la bruja podrá colarse por ella y decidir si os lleva o no con ella, ¿qué os parece?
―¡No, no! ―gritó la muchacha. Su hermano esta vez no dijo nada, pareció meditar antes de hablar de nuevo.
―¿Tú la has visto, papá?
―¿A quién, a la bruja? ―Hizo una pausa como si tratara de recordar, asintiendo―. Sí, claro.
La muchacha se tapó con las sábanas al escuchar aquello, pero sobre todo cuando su hermano pidió con insistencia que les contara cómo fue, cómo era la bruja, si realmente tenía aquel aspecto tan horrible que aseguraban los rumores.
―¿No decías que no existían…? ―dijo su hermana en voz baja.
Un ruido procedente del exterior del cuarto hizo que los dos niños gritaran a la vez. Se trataba de su madre que llegó en ese momento para desearles las buenas noches.
―¿Por qué gritaron, no les estarás contando historias para que no se duerman? ―le reprochó su mujer en un tono amable.
―Creo que se asustaron al oírte llegar, cariño.
―No tienen de qué asustarse. Solo vine a daros el beso de buenas noches. ―Y diciendo esto se acercó primero a la niña para besarla, arroparla y, a continuación, al niño. Este dijo que en realidad esperaba oír la historia de la bruja antes de dormirse.
―¿Qué bruja? ―preguntó su madre volviéndose a su marido. Este le guiñó un ojo antes de decir:
―Ya sabes, la bruja del bosque…
―¡Ah, esa bruja! ―También ella le guiñó un ojo, asintiendo.
―¿Tú también conociste a la bruja, mamá? ―Quiso saber el muchacho. Su hermana abrió los ojos sorprendida esperando la respuesta.
―Pues sí, también sé la historia de la bruja. Aunque dejaré a vuestro padre para que os la cuente. No tardes ―añadió depositando un beso en la mejilla de éste con un nuevo guiño.
Él entendió de inmediato la señal, por lo que se dispuso a contar lo más resumido posible la historia y así poder acudir al lecho conyugal con premura.
―La bruja del bosque tenía un aspecto horrible, sí ―comenzó― , era su apariencia real, solo que como bruja que era conocía el poder de las plantas y los animales que la servían, así que solía prepararse un brebaje que se tomaba. Cuando lo hacía, su aspecto cambiada de tal manera que parecía una joven bella y adorable.
―¿Así es como atraía a los niños para comérselos? ―preguntó el hijo.
―Mmm, bueno, también; pero en realidad lo que la bruja quería era atraer a jóvenes ya fueran príncipes o no, lozanos o viejos, para obtener de ellos algo muy importante, pues de otro modo envejecía rápidamente. Mmm, para que lo entendáis, lo de las plantas solo le servía por fuera, como cuando las hojas de los árboles cambian de color en otoño; era cuando pasaba tiempo con muchachos jóvenes y apuestos cuando rejuvenecía.
»El caso es que la bruja recogía flores en el bosque, las preparaba en un gran puchero a la lumbre, en su cueva, y cuando se lo bebía se volvía guapa para así poder engañar y atraer a los pobres infelices que se acercasen a ella.
»Por entonces yo vivía en una casa como esta, ya no era tan joven, pero de vez en cuando sí me gustaba ir al bosque a perseguir animales o a bañarme en el río a pesar de que había escuchado lo peligroso que era internarse en la espesura estando en ella la cueva de la bruja. Creo que me pasaba un poco lo que a ti ―dijo señalando a su hijo―, que en fondo no creía mucho en las brujas ni en sus hechizos.
―¿Y qué pasó, papá, la viste? ―se impacientó aquel.
―Como ya os dije, sí ―asintió―. Un día que paseaba tranquilamente disfrutando de los rayos del sol entre las copas de los árboles, distraído, vi a una joven realmente hermosa.
―¿Era la bruja?
―Sí, no me interrumpas. Era la bruja, pero yo no lo sabía. Tenía el pelo rubio y largo, se lo tocaba a menudo y con su voz suave me preguntó a dónde iba y si quería que la acompañase a dar un paseo.
La niña movió la cabeza negando, como temiendo qué iba a ocurrir; su padre le hizo un gesto para que se serenase.
―¿Te llevó a su cueva, papá?
―Bueno, en realidad estuve varias veces a punto de caer en su hechizo. La bruja era muy egoísta y, por aquel tiempo, un noble de la región que tampoco creía en las brujas, a quien llamaban el Caballero Negro, se internó en el bosque atrayendo la atención de la bruja. Más alto, apuesto, joven y valeroso, la bruja corrió a su encuentro sin pensárselo mucho dejándome ir sin más...
»Veo que ya es muy tarde y tenéis sueño, se os están cerrando los ojos. Mañana os cuento como termina la historia ―dijo poniéndose en pie al ver a su hija bostezar y al recordar también que su mujer le esperaba impaciente en el cuarto contiguo.
―No, papá; por favor, cuéntanos qué pasó después ―insistió el mayor.
―Está bien ―accedió al ver que, en efecto, el muchacho no parecía tener una pizca de sueño. Se lo reprochó mentalmente pues, de otro modo, de no haberles dicho nada sobre la bruja, estaría en los brazos de su mujer como era su deseo en ese momento.
―Volví al bosque varias veces después de aquello, no podía creer lo que decían las gentes del lugar: que aquella muchacha joven y guapa fuera una bruja. Parecía tan increíble… Las brujas siempre me las había imaginado viejas y feas. Pero ya os dije que la bruja conocía el secreto de las plantas y lo usaba para cambiar su aspecto.
»Tampoco el Caballero Negro debía creer en aquello, pues supe que se internaba muchos días en el bosque, a menudo sólo, sin sus guardias. ¿Para qué los necesitaba, les decía, si era más fuerte y vigoroso que aquella joven de rubios cabellos y voz adorable? Y claro, la bruja se aprovechaba de ello para robarle parte de la juventud cuando estaban juntos, y así se sentía joven no solo por fuera, sino por dentro: rejuvenecía concentrando cada día más y más poder. De día, el Caballero Negro parecía despertar del encantamiento y huía de la cueva, se alejaba y, en su desespero, la bruja buscaba a más jóvenes y más plantas, confiada en que aquel volvería tarde o temprano a causa del hechizo.
»Un día que me decidí a ir al bosque a descubrir si era verdad lo del encantamiento de la bruja. Me acerqué sigiloso por la vera del río. Oculto entre la maleza fui acercándome a quien me pareció la joven atractiva de la vez anterior,  la bruja, en realidad. Era tan guapa, parecía tan inocente, su voz sonaba tan dulce cuando cantaba… que olvidé por un tiempo lo más importante y, acercándose a mi, me acarició, incluso me besó llevándome del brazo por el camino que discurría hasta su cueva.  Imagino que me confié, que como otros jóvenes o el propio caballero Negro no vi sino su delicada apariencia y así es fácil caer en el hechizo… ¿Te duermes, hijo?
―No papá ―dijo bostezando, en realidad sí que se le cerraban los ojos; su hermana hacía ya rato que se había dormido.
―Acabo ya. En realidad lo que me salvó fue... una paloma ―dijo sonriendo, al evocar esa parte de sus recuerdos.
―¿Una paloma? ―dijo de repente el chico como despertándose de su sopor.
―Una muchacha que solía ir también al río a por agua nos vio por casualidad ese día y, al parecer, nos siguió.  Se preocupó por el hecho de que fuera verdad lo que contaban en las aldeas cercanas, lo de que la bruja del bosque a menudo se hacía pasar por una joven de rubios cabellos que seducía a los muchachos y nobles de la región. En algún momento debió pensar que era cierto, pues le inquietó la forma en la que la bruja me llevaba por el camino que ascendía hasta la cueva.
»Por una parte quería acercarse para avisarme, pero por otra temía que de ser cierto que fuese una bruja le lanzase algún extrajo conjuro. Así que, viendo que unas palomas habían hecho un nido en una rama baja en uno de los árboles, se subió a aquel y tomó un par de huevos del nido con cierta tristeza por lo que iba a hacer, que fue…
No continuó ya que su hijo se había quedado también dormido. Lo besó, lo arropó y apagó la luz del cuarto susurrando un buenas noches.
―Me estaba quedando dormida ―oyó en un susurro cuando entró en el dormitorio contiguo.
―¿Enciendo la luz? ―preguntó, aunque sabía la respuesta.
Las manos de su mujer le desnudaron despacio, ella ya lo estaba y, en unos minutos, sin hacer mucho ruido para no despertar a sus hijos, se entregaron mutuamente al deseo. Cuando hubieron terminado, abrazados bien juntos, ella le preguntó por la historia que les había contado a los pequeños.
―No la terminé, se quedaron dormidos antes del final.
―Siempre haces lo mismo cuando te pones a contar historias, cielo, creo que deberías dedicarte a escribirlas, quizá un día se hagan mayores y quieran leerlas.
―Puede que lo haga ―dijo apretando contra sí a su mujer.
―¿Y dónde te has quedado?, por curiosidad.
―A punto de que me lanzases los dos huevos.
Hubo una sonrisa taimada.
―Es lo primero que se me ocurrió. Tenías que haberte visto con las yemas en el rostro.
―Me imagino, la verdad es que me sentí ridículo.
―De eso se trataba, al menos sirvió para que vieras más claro, a pesar de los huevos ―volvió a reír.
―Creo que nunca te di las gracias por ello… ―Y diciendo esto, su mano recorrió la espalda de su mujer, luego las nalgas y ella percibió que el deseo regresaba a ambos.
―Mmm, ¿dos una misma noche? Creo que ha valido la pena esperar.
Esta vez hicieron algo más de ruido, pero sus hijos no se despertaron, estaban sumidos en un profundo sueño avivado por aquella historia de brujas y caballeros. Justo antes de dejarse también abrazar por los brazos de Morfeo, la esposa le preguntó quedamente al marido por la bruja.
―¿Qué habrá sido de ella?
―No lo sé, era una egoísta, ¿Quién sabe? Duérmete o tendré que darte las gracias otra vez.
―Si eso es una amenaza, espero que la cumplas todas las noches, amor mío.

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