martes, 23 de mayo de 2017

El examen

Hoy Almudena, mi hija, se examinaba del carné de conducir. Del teórico. Anoche se acostó tarde. Supuse que estuvo repasando cuestionarios, por lo de los fallos permitidos. Esta mañana, cuando le he preguntado, me ha dicho que con el trabajillo que se ha buscado por las tardes apenas le había dado tiempo a repasarse bien bien la teoría. Que tests había hecho más bien pocos, pero que confiaba en aprobar. Lo dijo de una manera tan rotunda, tan convincente que no supe qué responderle.
'Marcaré la respuesta más lógica', me había medio susurrado cuando nos hemos despedido en el vestíbulo de casa. Le propuse acompañarla hasta la autoescuela, por si estaba nerviosa. Me miró como si le hubiera dicho algo ofensivo. El nervioso -claramente- era yo. No la vi alterada, en realidad, no le gusta que la vean con su padre ni por la autoescuela ni en el instituto.

La seguí con la mirada a través de la ventana, un poco oculto para que no me viese, confirmando que el nervioso era yo, el que tiene el runrún en el estómago por más que vi que caminaba decidida, sonriente, incluso que saludaba a un chico antes de girar la esquina de la avenida y verla desaparecer en dirección a la autoescuela hablando juntos.
Mi mujer dice que me preocupo demasiado, que debo dejarla un poco a su aire, no agobiarla. Lo de responder que ‘me preocupo por ella’ dice que ya no cuela. Tendré que confiar en mi mujer, en ambas, pues sé que hablan más a menudo. A su madre le cuenta casi cada vez que va al baño. A mí, en cambio, Almudena me cuenta lo justo, 'lo importante', dice; de tanto en tanto sí que me pide dinero o quiere que me ponga de su parte si discute con su madre.

'¿Crees que aprobará?' Se lo he preguntado por teléfono esta mañana a mi mujer, tras ver a mi hija doblar la esquina. Lleva unos días de congreso en Madrid, he imaginado que ambas habrían hablado, eso y que quizá ella sepa algo más, tampoco sé si mucho más. 

Me dice que sí, que no me preocupe, que tengo que confiar más en ella. ¿Dónde he oído esto antes? Justo cuando voy a expulsar el aire que lleva apretándome unos minutos en el pecho, me pregunta algo que me desconcierta: "¿Has visto si Almu ha quedado con su amigo para ir al examen?"
Al principio dudo, medito la respuesta.
"Sé que te gusta ver a dónde va cuando sale de casa, desde la ventana; crees que ella no te ve, pero sí. Bueno, dime, ¿la has visto esta mañana con un chico moreno?"

Entonces es cuando caigo en la cuenta de que sí, retengo en los labios ese monosílabo al evocar la imagen de mi Almudena acercándose a la esquina de la avenida donde me pareció verla saludar a un chico alto, de color, marcharse juntos.
Sí -contesto al fin-. ¿Quién es? ¿Es su novio? -Ahí es donde mi mujer parece tomar aire, buscar las palabras-. ¿Están saliendo, sale con un…? -pregunto inquieto sin acabar la frase.

Espero que no vayas a decir la palabra que creo -me dice, me lo reprocha, más bien-. Ves, por eso tiene miedo de no contarte cosas -sigue en tono áspero-. Tienes que confiar en ella, deja de juzgarla.
Pero… ¿A ti te parece bien?

A mi sí, si es feliz me parece genial. Y ahora espero que te comportes, ya sabes a lo que me refiero.  

Aún añade algo más antes de despedirse recordándome que tiene una charla en el hotel en media hora. La cabeza se me ha ido a ese guiño que me ha dejado caer.
A principios de este año, Almudena se nos presentó en casa con un chico muy formal, algo tímido, educado hasta rozar lo empalagoso, me sorprendió teniendo en cuenta que algunos amigos suyos habían aparecido por casa con unas pintas que juro no sabía si darles la mano o una limosna por mucho que mi mujer me lo reprendiese con miradas y algún que otro codazo disimulado en la mesa. Con aquel chico, en cambio -el formalito, digo- fui yo el que le mandaba señales a ella de que me parecía estupendo. Cuando este anunció que quería estudiar medicina casi se me saltan las lágrimas de contento. ¡¡Un futuro médico!! Mi mujer había estado más atenta a nuestra hija, lo de la universidad, al parecer, no lo tenían muy claro entre ellos dos. El caso es que todo iba muy bien ese día hasta que allá por los postres Almudena soltó la noticia: tenía pensado irse un tiempo a vivir con él. Me costó entender a qué se refería. El chaval residía aquí, en Valencia, provisionalmente, él era de Tenerife y su idea era regresar y estudiar en la Universidad de La Laguna.

'¿También tú quieres estudiar en esa universidad?', le pregunté a mi hija. Dos sorpresas, pues: la del viaje y la de querer estudiar una carrera universitaria. Se tomó una pausa para mirar a su madre antes de decir que no, que lo de la carrera no la convencía..., pero sí lo de irse unos meses, o un año, añadió como bajando el tono de voz.

¿Un año en Tenerife, tú sola?
El brazo de mi mujer se apoyó en el mío. 'Lo hablaremos con calma', me dijo.

Y lo hablamos, porque el chico parecía muy formal, de verdad, pero un año fuera de casa, tan lejos, sin ni siquiera saber qué estaría estudiando…, le dije a mi mujer que no me parecía bien. Durante semanas hubo desde discusiones a portazos, pasando por silencios incómodos en la cocina o en el comedor cuando coincidíamos los tres. 

No sé qué pasó con el aspirante a médico, imagino que regresó a su casa en las islas. Almudena no me contó mucho, sí que había encontrado un trabajo a media jornada por las tardes en una perfumería. Me pareció bien, nos pareció bien, aquí incluyo a mi mujer que, a solas, esa noche, me recordó cierta frase que yo había lanzado al aire durante una cena.
Le dijiste que si se encontraba un trabajo y ganaba su propio dinero podría hacer lo que quisiera, incluso viajar.

Miré el reloj, el examen teórico de conducir era a las ocho. Ya habrían terminado, pensé. También en llamarla o mandarle un mensaje para ver qué tal le había ido. Hasta que no me dijera que había aprobado no desaparecerían mis nervios en el estómago. En realidad no creo que desaparezcan a lo largo de la mañana, ni tan siquiera si ella o su madre me dijeran que ha aprobado. Ahora no dejo de pensar en ese nuevo amigo -o novio- que se ha echado Almudena. Quizá tenga razón mi mujer y deba dejarla a su aire; me va a costar, pero prefiero que vuelva a confiar en mí. Solo espero que no me diga que su amigo es de, no sé…, ¿Senegal?, y quiere irse a África un mes. Me da la sensación de que tenía que haberle dicho que sí a lo de Tenerife, al menos allí hablan español. Nota mental, no decirle nada de esto a mi mujer.

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