sábado, 3 de septiembre de 2016

Postre agridulce



  Después del orgullo viene la humillación, pero la inteligencia está con los humildes.
Proverbios, 11:2.

Hace poco me contaba un amigo una anécdota. Da clases de cocina, no en plan profesional en televisión, una escuela de hostelería o similar; más bien en asociaciones vecinales, bares, algún restaurante y de forma particular. Lleva varios años, mucha gente ha salido contenta de sus clases (según me consta), también ha sido jurado de algún pequeño concurso de cocina y aunque tiene muchas anécdotas esta parece haberle llegado a la patata (perdón por el juego de palabras). Precisamente una de sus alumnas de talleres ganó recientemente un concurso de repostería. La persona que quedó en segundo lugar supo de mi amigo  y de sus clases y se interesó. Quedaron un día para conocerse. Ella aprovechó y le dio a probar el postre con el que había quedado en segundo lugar: un brazo de gitano. Al parecer algunos miembros del jurado le habían dicho que podía haber ganado perfectamente. También esos días se lo había dado a probar a algún conocido más con idéntico veredicto. Llegó a la reunión con la moral crecida. Él fue sincero, no era mucho de postres, los comía de vez en cuando, sabía prepararlos, daba clases, pero él es más de fruta y postres sanos, le dijo en confianza. Ya eso pareció inquietar a aquella aunque en una segunda reunión asintió entusiasmada ante la posibilidad de acudir a las clases de mi amigo. 

El caso es que en una segunda reunión aquella le preguntó con insistencia qué le había parecido el brazo de gitano. Mi amigo le insistió en que le parecía bueno, quizá paraba un poco empalogosillo, pero solo eso. Tras la reunión se despidieron tan contentos. Al día siguiente la hipotética alumna en un escueto email le confesó que no iba a ir a sus clases, el hecho de que a mi amigo no le hubiera gustado el postre subcampeón ‘en absoluto’, matizó con mayúsculas, había sido determinante. Conciliador, mi amigo le insistió -como ya hiciera en la reunión previa- que lo uno no quitaba lo otro, el postre estaba bien, el del concurso, pero solo era un postre, en las clases verían trucos, recursos y no solo para postres, para primeros, segundos, entrantes, salsas… La cuestión es que la del brazo de gitano no dio su brazo a torcer; perdón, quiero decir que no debió encajar muy bien la opinión de mi amigo ni entender lo de que nada tiene que ver un postre pasado con clases futuras: no quiere saber nada de estas. Me ha parecido curiosa la anécdota y la forma en la que le ha afectado a él. 

De cocina sé poco, de escribir lo justo, pero para sacarle una sonrisa le he recordado el título de mi último libro, el de las lentejas, y una especie de refrán cuando de pequeños nos las servían a la mesa: lentejas comida de viejas, si quieres las comes y si no, las dejas. Como no se ha reído le he dicho que es como si uno invita a jugar al parchís a unos amigos, si antes de repartir los cubiletes ya hay alguien que te pregunta si has trucado los dados mejor haz un receso, cambia de juego o de amigo.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Roberto, solo espero que no le suba el azúcar a nadie, hay mucho diabético sin diagnosticar por la vida. Un saludo.

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  2. Interesante anécdota. Ah, Hola! ,si no comento no es porque no te siga, si no por razones que no vienen al caso.
    Creo que eso, el dejar de lado a quien no "nos regala el oído", es algo bastante común en nuestros días y lo achaco a la pérdida de sinceridad sumada a la pérdida de un poquito de humildad; eso de que todos somos seres únicos, aunque cierto, hace que a lagunas personas se nos suba el ego a la cabeza.
    Un saludo desde Barcelona, como siempre.

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    1. Hola Gaby C. te 'recuerdo', un saludo de aquí para Barcelona. La verdad es que el texto me salió así quizá porque tenía que contarlo, aunque el tiempo ha hecho un curioso giro argumental respecto a los dos protagonistas (reales) de esta historia. Gracias y encantado de leerte aunque sea de vez en cuando.

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