sábado, 9 de julio de 2016

El amargo don de la sinceridad

Quiero empezar este post pidiendo perdón. En concreto a una persona, no diré el nombre porque no hace falta, ella ya sabe que es a ella. Pero también a otras personas a las que sin ánimo de molestar, de ofender, de forma inconsciente lo hice. Mis disculpas.

Desde hace años vengo dictando talleres de escritura, la mayoría presenciales, algunos online y también mayoritariamente en Valencia o alrededores. Además de la teoría en los talleres me gusta poner ejercicios voluntarios, no los llamaría deberes para casa, pero bueno, en cierto modo, así a veces parecen pues a la siguiente sesión -he aquí lo importante-, los vemos en el aula, en una puesta en común con el resto de participantes.

También he tenido la oportunidad de ser lector, de ganarme la confianza de algunas personas que han depositado en mí esta a la hora de que leyese -con espíritu crítico- sus relatos o novelas antes de ser presentadas a antologías, certámenes literarios o publicarse. 

Es siempre una gran responsabilidad, primero por esa confianza, el que le elijan a uno; después, por lo que cada cual espera de esa lectura crítica. Muy a menudo a la hora de valorar, a la hora de expresar mis opiniones he tenido que meditar la 'forma' más allá del contenido, esto es: cómo decirle a esa persona que confió en mí que su relato, su novela puede mejorarse poco, mucho o dejarla reposar (estoy siendo sutil). A veces las sutilezas no son muy didácticas, a veces la pedagogía de mis comentarios se ve que tropieza con mi propia manera de ser.

En unos casos u otros, en las sesiones de mis talleres o cuando me entregan manuscritos para mi valoración, corro el riesgo de herir susceptibilidades, de ser excesivamente sincero. Porque uno puede ser sincero, puede decir las cosas, la verdad, pero seguro que hay maneras y maneras de decirlo.

He herido sensibilidades, lo sé porque con el tiempo me lo han comentado, me han dicho lo que he intentado exponer en este post: se puede ser estricto, profesional (por así decirlo) sin rozar ese límite entre lo amargo, lo mezquino y lo sutil. 

Por todo lo anterior pido disculpas, a todas, a todos, a quienes de una manera u otra ofendí con mi sinceridad.

Gracias y si hay alguna forma de reparar mi error más allá de las disculpas, por favor, acepto con humildad vuestras sugerencias.

Ginés Vera

4 comentarios:

  1. Cuando se corrigen "cosas", las que sean, hay que ser muy sincero y por supuesto argumentar y sugerir enmiendas. No tienes porque disculparte Ginés, los que se molestan ante las críticas, que funcionen de autodidactas. Por cierto, te felicito por ser finalista de los micros de Cotrabando.

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    1. Ante todo, gracias. Felicitarte a ti también pues te he visto en la antología del libro de la editorial. Respecto a lo de la sinceridad, poco puedo decir que no haya dicho. Quizá que soy alumno siempre, incluso cuando dicto talleres y, como tal, me aplico las lecciones de la vida vengan de mis alumnos como en este caso o de las circustancias. Gracias y espero que nos encontremos en un nuevo libro.

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  2. Entiendo lo que dices. Sin embargo, hay que ser sincero y duro (si hace falta) en los comentarios. Todos aprendemos y nos viene muy bien que nos hagan ver cosas que nosotros mismos no veríamos. Yo me fío de los comentarios de mis amigos escritores, por muy amargos que resulten.

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    1. La verdad es que coincido contigo ya que han sido muchas veces, y las que me quedan, en las que he dejado que amigos escritores (o no) leyesen críticamente cosas mías. Algunas veces casi se me cayó el mundo a los pies, te lo aseguro. Gracias y un saludo entre colegas.

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