sábado, 10 de noviembre de 2012

DE MAYOR QUIERO SER...

Un sábado, no hace mucho, un amigo me invitó a una sesión poética en una librería de Valencia. Coincidí con los que riman, versifican y declaman, y tras la mesa dos poetisas haciéndonos vibrar con sus escritos. Hubo aplausos y saludos, eso tenemos los escritores, no hay rivalidad aunque algunos se esfuercen en lo contrario. Tal vez alguno de aquellos poemas, sino todos, me conmovieron, a éste prosista de relatos, microrrelatos, admirador de Poe y Quiroga. Pero más bien creo que fue una antigua búsqueda, solitaria, la que desde mi casa me permite escribir con el silencio de mis pensamientos, la que me llevó a percatarme de algo inusual a la salida de la librería. Ya digo que estábamos fuera, en la acera, despidiéndonos algunos, saludando otros. El resto de la gente, la ajena a nosotros pasaba a nuestra espalda, a lo suyo, cuando por mi izquierda, un hombre encorvado y con un carrito de la compra aparecio sin prisa en dirección al grupo.
    Un primer chasquido de mi mente le adivinó distraido de camino al supermercado no lejos de la librería, pero ¿por qué no rodear por el trozo de acera ancho a nuestras espaldas como el resto? "No, no iba al supermercado", me dije. Y un nuevo aguijón me pellizcó el corazón.
    Me emociono mientras lo recuerdo, mientras escribo.
   A mi lado estaba Pandora, la amiga escritora del blog El estante olvidado. Le hice una seña para que mirase, la queria de testigo, cada vez más convencido de la intención de aquel hombre y su carrito. "Si viene a la librería -dije- creo que me emocionaré". Y como un deseo cumplido, aquel anciano, de ochenta y muchos -nunca fui bueno para esto de las edades-, se paró en la puerta de la librería. En ese instante sentí envidia y tristeza y alegría y algo que he intentado nombrar y no he sabido.
   El anciano abrio el carrito, sacó dos libros y los colocó con mimo en un estante que la librería tiene a modo de intercambiador de libros anónimos: dejas uno, te llevas otro. Él dejó dos, y con exquisita delicadeza estuvo mirando, ajenos a nosotros, cuáles se lleveba.
   "Yo quiero ser él -dije a Pandora-, cuando sea tan viejo como él quiero poder leer, venir a una librería y llevarme un libro a casa."
    Un nudo en la garganta me impidió seguir hablando, pero no dejar de mirarle. "Quiero poder contarle esto a alguien" pensé. Realmente quería acercarme y hablar con aquel hombre, pero me infundía respeto, si tuviera que elegir entre un escritor de postín, laureado y famoso o aquel hombre, cuanto más me hubiera gustado conversar con él, que me contase sus lecturas, sus gustos, sus anhelos. Pero ya digo que no tuve valor, me limité a verle marchar, despacio, con su carrito..., a una casa que imaginé llena de libros tras una vida amándolos, un paraiso como solo un amante de los libros puede soñar.
   Le hice una foto, Pandora lo sabe. No la voy a poner aquí, rompería sin duda la imagen que cada cual se haya hecho de este anciano, tan real como yo mismo, os lo prometo por cada año de vida que me quede hasta el óbito.
Bien sé que no me aguarda el Planeta, el Alfaguara o el Nadal, poco importa, yo de mayor quiero ser como él, aunque camine despacio con dos libros y una sonrisa breve ansiando llegar a casa, como cuando era niño, para abrir mis libros, para leer infinitamente.

(foto: es.123rf.com)

6 comentarios:

  1. Vaya si lo recuerdo, y más a menudo de lo que piensas. También a mí me impactó que ese hombre que usaba su carrito de la compra para apoyarse al caminar, se acercara a aquel estante. Es algo que he comentado con mi grupo de amigos, algo que como bien dices fue muy emotivo, enternecedor, llámalo como quieras, pero en el fondo sentí lástima. No por el gesto, no por él pese a que se veía débil físicamente, sino porque mientras ocurría todo eso, deseaba con un nudo en el estómago que ese señor tuviera a alguien esperándole en casa, alguien de carne no de tinta, bien para contarle su aventura mañanera o para escucharle mientras lee.
    Creo que tú y yo fuimos los únicos (¿entre cuántas... treinta, cuarenta personas?) que repararon en su presencia, y eso aún hizo el nudo más grande.
    Bss

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    1. Seguro que le esperaba alguien en casa, me llamó la atención el hecho de que intercambiara libros, yo los presto sabiendo a quien para que vuelvan. Seguro que va a la biblioteca de su barrio, me pareció entrañable. Cuando llegue a su edad tendre libros y alguien que me espere, le contaré historias a mis hijos y nietos. Ésta, por ejemplo... Un saludo.

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  2. Muy bueno el relato, deberías dejárselo en el estante para que él lo pueda leer.

    En cuanto al anciano, a mí personalmente la lentitud, en este mundo de quintas velocidades, cada vez me emociona más.

    Un abrazo

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    1. Gracias Ricardo. He pensado en preguntarle al librero por este hombre, quizá sea un habitual. Quizá acepte que le pregunte. Sería genial, la verdad. Otro abrazo.

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  3. Sería interesante conocer a ese hombre, poder preguntarle que tipo de libros le gusta leer, por qué lo hace, aunque en mi opinión no tiene por qué haber un motivo. La mayoría leemos porque nos encanta entrar en otros "mundos", ya sea fantástico o que se ciña más a la realidad de cada día (en mi humilde opinión). Un buen libro o un microrrelato siempre va ser mejor, en muchas casos, que una película o serie. Y hay que tener en cuenta que éstas están basadas en libros. No hay nada mejor que un buen libro.

    Un saludo Ginés, sigue así ;D

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    1. Gracias Adrián. Me estoy pensando seriamente lo de hablar con el librero por ver de si le conoce. Aunque lo mismo parte de la emotividad que guardo sobre lo ocurrido sea por ese halo de misterio de querer saber. Nos gusta leer y seguro que todos nos encontramos tarde o temprano en un mismo libro, en un mismo paraiso de letras.

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