lunes, 6 de febrero de 2012

RELATOS DEL I CONCURSO DE TERROR VIERNES 13

Pandora y yo hemos decidido ir subiendo a nuestros blogs semana a semana los relatos que nos han llegado al I Concurso de Relatos de Terror Viernes 13. Os recuerdo que son versiones libres de relatos escritos por el maestro del terror cósmico, H.P. Lovecraft. A continuación los dos primeros en orden de llegada.
Disfrutadlos.


Irem (La ciudad sin nombre).
       Garabateo al borde de la locura solo porque una actividad cuerda y racional aleje por un rato el horror. Pero es imposible adormecer el torrente de desvaríos que escuché de labios de este moribundo enloquecido que las autoridades trajeron al hospital  tras  correr  por la zona vieja  lanzando alaridos. Ya ha muerto, pero lo que acabó con su cerebro roe ahora el mío. Durante esta noche infernal al lado de su catre, he escuchado las revelaciones más innominables, que me hicieron lamentar profundamente mi conocimiento del aborrecible Necronomicón. Aquellas lecturas furtivas del volumen guardado en la universidad Miskatonic donde primero estudié y ahora imparto clase, me llenaban del temor a  encontrar atisbos de verdad en el legado del árabe loco, en esa reliquia mohosa donde resuenan las voces de los Señores del Caos que dormidos esperan a que seguidores humanos, o semihumanos, abran los Portales dimensionales que les den de nuevo acceso a un mundo por el que ya vagaron hace incontables eones. Fétidos, inmortales, indescriptibles.
        En algún punto desconocido del desierto arábigo se dice que Abdul al-Hazred descubrió entre la arena los restos de la arcaica Irem, la Ciudad de los Pilares, mencionándola entre las blasfemas líneas de su manuscrito. Deduzco que este arqueólogo, probablemente inglés, dedicó años de investigación a esta impía y poco conocida mitología prehumana, embarcándose finalmente en la búsqueda de esa ciudad. Para su desgracia, internándose en regiones rehuidas desde siempre por los beduinos como morada de peligrosos djins, creo que la acabó encontrando. Nada me hace dudar de sus palabras balbuceantes.
       Entre carcomidos muros y paredes de extraña geometría , bajó a laberínticos subterráneos que le condujeron hasta criptas donde halló los restos de sus moradores, momificados con sus mejores galas, pero también  a los guardianes del lugar, olvidado cuando el primer hombre empezaba andar. Le escuché describir como se deslizaban reptantes aquellos reptiles humanoides, apenas visibles pero similares a los cadáveres de los sarcófagos de vidrio y  oscura madera milenaria. Huyó de los pozos estigios, pero cuando salió al aire frío de la noche, el viento aún más helado que le perseguía adoptando insinuaciones de los horribles seres, le zarandeó, arañó y arrastró. Cuando despertó, un nutrido grupo de curiosos le rodeaba en medio del zoco, junto al camellero que contaba como le había hallado tres días atrás en el desierto, agonizando inconsciente. Estaba en el fondo de un hoyo entre las dunas, que parecía excavado por un fuerte remolino.
       Así llegó hasta aquí, nefanda casualidad, donde presto mis servicios como médico voluntario de la colonia. Yo también conozco el Necronomicón y ciertos rumores, por lo que pude interpretar sus palabras y descubrir que no eran las alucinaciones de un moribundo enloquecido por la sed. Está lleno de moratones y rasguños. Hace un rato que oigo el deslizarse tras la puerta, roces y mordisqueos, golpes en la ventana. Le han seguido. Esos despojos carnívoros, fortalecidos en la madrugada, reclaman su presa. No soportaré su visión.
Randolph Carter.

El origen de Dunwich.

Hemos encontrado su rastro. El profesor Hubert ha descifrado los papeles. Esa maldita bruja se esconde en Dunwich.

Las gentes de este pequeño pueblo parecen sumidas en un sopor, en una estupidez perenne. Son hoscas en el trato y de entendimiento lento. Pero por fin la hemos localizado. Una pequeña casa a las afueras del pueblo, un tanto aislada. Muy apropiada para nuestros propósitos. Aparcamos a una prudente distancia y esperamos fumando y charlando. Recordando. La hora de la venganza se acerca.

Temo haber perdido la razón... Hacia medianoche bajamos del coche, irrumpimos en la casa y la sorprendimos sin problemas. La atamos a una silla y nos deleitamos con sus gritos: primero suplicantes, maldiciones al fin. Luego, con su cuerpo exánime atado a la silla, el cuchillo aún goteando en mi mano y una exasperante sensación de vacío, escuché unas voces, al principio no más que un murmullo, un rumor de hojas precipitándose desde las cercanas colinas como olas que azotasen la casa, pero, poco a poco, se transformaron en alaridos inhumanos, horrendos, unos sonidos que sólo podían provenir de criaturas de ultratumba. Dejé caer el cuchillo y saqué mi revólver. El ruido era ensordecedor. La casa tembló, las luces se apagaron y puertas y ventanas estallaron en un horrísono estrépito que se unió al coro de voces satánicas. Disparé a ciegas hacia un bulto informe que se deslizaba por la puerta. El profesor Hubert gritó. A la luz de los fogonazos de mis disparos lo vi agitarse como un pelele agarrado por un viscoso tentáculo que lo sacudía por toda la estancia golpeándolo contra paredes y muebles. Alex y yo ganamos, no sé cómo, el sótano. La bestia infernal golpeó varias veces la puerta, pero esta resistió. Se hizo un extraño silencio roto tan sólo por los gritos esporádicos del profesor Hubert y la respiración viscosa, burbujeante del infecto ser. Alex se quejaba. Uno de los tentáculos le había arañado la pierna, una herida pequeña, pero Alex decía que le escocía de forma horrible. Tras un par de horas tenía la pierna entera tumefacta y sus gritos se hicieron insufribles. Me apiadé de él. Los alaridos del profesor Hubert, intermitentes, duraron hasta el amanecer. Después silencio. He esperado un par de horas. Tengo esperanzas de que con la luz del día la maldita criatura se haya vuelto a su pestilente cubil. Voy a salir. He tenido la precaución de guardar una última bala. Que Dios os bendiga.

“Han encontrado alguna mujer”, pregunta el inspector cerrando el diario. “No, señor. Aquí no hay más que estos dos cuerpos y el del sótano”. El inspector suspira.  “Howard”, dice, “guarde esto y salgamos de este maldito lugar”. El joven Howard asiente, se guarda el diario en el bolsillo y, antes de salir, echa una última mirada al cuerpo mutilado del centro de la estancia y al del hombre con el orificio en la sien.

Medardo.

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