lunes, 13 de febrero de 2012

RELATOS I CONCURSO DE TERROR VIERNES 13 (2º PARTE)

     Dos nuevos relatos que han entrado a concurso y que os dejo aquí para que los leáis y valoréis junto con los dos de la semana anterior y los 2 que aparecerán el próximo lunes. La fecha para conocer al ganador será el 1 de marzo, como ya os dijimos, según las bases.
Disfrutadlos.

     El doctor.
    Me preguntan por qué me estremezco horrorizado al sentir una corriente de aire frio al cruzar una estancia y no tengo por más que evocar aquella historia del doctor Muñoz. Vivía en el ático de una destartalada pensión a las afueras de la ciudad, por otra parte la más económica para un estudiante de medicina. La propietaria me advirtió que no le molestase bajo ningún pretexto pues estaba enfermo y era poco sociable. No salía nunca del cuarto, todo cuanto necesitaba se lo procuraba el hijo de aquella, en su mayoría garrafas de amoníaco como comprobé intrigado por la presencia de aquel misterioso vecino. Había sido uno de los mejores médicos mucho tiempo atrás. Y debía ser cierto, eso o un pacto con la muerte pues echando cuentas el doctor debía tener casi un siglo. Con qué curiosidad aguardaba tras la puerta al sentir al muchacho con las garrafas por ver de contemplarle aunque sólo fuese un instante y fingir un encuentro casual. No hubo manera hasta el incidente a finales de junio. Una gotera en mi dormitorio fue la excusa para subir y llamar a su puerta. Sin contestación, escuché un ruido lejano, como el de un motor de vapor al apoyarme en ella. Ya regresaba a mi cuarto cuando sentí la cerradura. Era un hombrecillo enjuto, de piel cetrina y ojos hundidos pero brillantes, del interior de la estancia emanaba un acre olor a amoniaco al que parecía estar acostumbrado. Le expliqué lo de la gotera y que era colega por despertar su interés, pero se limitó a asentir y asegurarme con voz atiplada que no volvería a suceder. Deseé con todas mis fuerzas una nueva gotera para subir e interrogarle sobre si en verdad había conseguido vencer a la muerte. La noche más calurosa que recuerdo me despertaron unos gritos. El muchacho se había descuidado con el reparto, explicó el doctor exaltado. No quiso abrir a nadie salvo a mí, implorándome que le consiguiera urgente lo que hacía funcionar su máquina. Me hizo pasar al cuarto del fondo, donde apenas pude ver un engendro mecánico acoplado a la bañera que hacía que la estancia resultase invernal a pesar del intenso calor exterior. «Con ello eludo a la enfermedad», me rogó sumergiéndose completamente en la bañera, «dese prisa». A esas  horas me fue difícil encontrar el preciado líquido, más al regresar comprobé con horror que la puerta del ático quedaba abierta, por descuido mío, pensé. El calor se había adueñado de la estancia salvo el baño que permanecía cerrado. Llamé a voces al doctor, al no responder decidí entrar a la fuerza. Una corriente de aire frio se escapó como una vaharada y con él un grito de ave agonizante. En la bañera emergían las ropas del doctor en una masa informe, pestilente, un lodo sanguinolento que quise borrar de mi mente. No era posible, me dije, pero antes de apartar la mirada vi emerger burbujeante un cráneo humano y el reflejo de unos ojos brillantes.
Walter Pickman.


    El ejemplar maldito.

   Me recosté leyendo aquel manuscrito, que aún no siendo en mi lengua, descifraba como si alguien me dijera como leer aquellos caracteres, pero al fin el temido sueño me alcanzó.

   Esa noche, como en todas las anteriores desde que abrí aquel maldito tomo, ví monstruos que, aún pudiendo explicar sus formas, no se parecerían a lo descrito un segundo después de decírtelo, grises, metálicos, todos los colores posibles, sabiendo que esos monstruos, dioses en sus mundos, no serían los que me dieran caza. Los que deben preocuparnos a los que conocemos que existen, son los perros de tíndalos, una especie que mora en el mundo, antes de que el ADN se formara en los caldos primigenios. Habitan en los paréntesis del tiempo, inmortales, te diré que se pueden materializar en cualquier lugar, pero quizá, peor que ellos son los denominados, en este tomo de las tinieblas, como El Horrendo Cazador, unas serpientes aladas que junto con los anteriores, son los que dan caza a los que conseguimos ver mas allá de lo que el resto ven con sus ojos atrofiados.

    Pasó el día, la hora en el despacho con la psicóloga fue un cúmulo de locuras inconclusas. Para ella no estaba enfermo, lo único que deseaba era llamar la atención.

    Pase el resto del día cenando con los compañeros de mi reclusión. A la hora de ir a las habitaciones, un extraño sentimiento se apoderó de mí, una extraña visión me invadió y ví como dos bestias con garras destrozaban mi cuerpo, desgarrando carne, tendones y hueso por partes iguales. Tenía que hacer algo, y lo único que se me ocurrió fue cambiar el cuadro clínico con el de mi compañero de pasillo. Entré en mi habitáculo, esperando que el celador cerrara la puerta con llave. Después de esto encajé la cama entre la puerta y la cómoda. Aun así sabía que las bestias conseguirían encontrarme.

    Pasé la noche en vela, cubierto con las mantas, como cuando siendo niño me abrigaba incluso en verano, a la hora de ver alguna de las películas de terror que mis hermanos alquilaban para que yo no consiguiera dormir, como “Dagón la secta del mar”.

    Las horas pasaron vagas ante mí, pero en un momento dado, escuché unos pasos, que resonaban por el pasillo, eran unos tacones que se acercaban a mi habitación. Pasaron de largo y se pararon en la puerta de al lado, detrás de ellos, dos bestias husmeaban por debajo de las puertas, en ese momento pensé en mi fin. El cambio que efectúe confundió a mis perseguidores, pues abrieron la puerta de al lado y unos gritos desgarradores, junto con gruñidos guturales, atormentaron el descanso de toda la galería, haciendo que todos los locos de aquel lugar sollozaran, gritaran y dieran golpes. Yo hice lo mismo, grité y pateé la cama para hacer tanto ruido como el resto. Si conseguía vivir una noche más, quizá, pudiera escapar del centro y librarme de los demonios.

Anónimo.

2 comentarios:

  1. El primero me recuerda a Poe.
    El segundo, el anónimo, tiene algo ginesiano..., aunque quizás me equivoque.
    Un abrazo,
    Ricardo

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    1. Oh,amigo Ricardo, lamento decir que de ginesiano nada, aunque al acabar el concurso le pasaré el "cumplido" al autor para que estime si lo es, y de esta forma ganes o no un seguidor para tu blog y futura carrera literaria.

      Ironías a parte, celebro al Poe del sr Pickman (el resto es silecio, que diria Don William). Y gracias por tu visita y comentario.

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