domingo, 1 de abril de 2018

Torrijas saludables (y sostenibles)

Mi forma de homenajear a mi madre, por recordarme estos días que va a cocinar más de la cuenta, por si me quiero llevar de su casa a la mía algo de lo que haga (en exceso) y comérmelo, es compartiendo esta receta de TORRIJAS. Todo y que estoy seguro de que si nos hiciéramos (ambos) un análisis tras estas fiestas de Cuaresma... lo mismo nos salía el colesterol y/o el azúcar por las nubes... Como sé que a ella eso de variar la receta tradicional no lo va a ver muy allá, os dejo esta que a buen seguro encontraréis tal cual o sin muchos aditamentos en Internet.
Buen provecho.

Ingredientes:
  • Rebanadas de pan (integral), lo que hará que la receta sea sostenible es aprovechar pan que se nos haya hecho duro, ese que lleva varios días en casa y no sabemos qué hacer con él. La cantidad irá en función del apetito de cada cual, más vale quedarse con hambre a que queden torrijas  'rodando' en la nevera.
  • ¼ de litro de leche de soja o de almendras; no se necesita mucha, por lo que mejor usar poca, la justa, y así también cocinaremos responsablemente. 
  • 4 cucharadas de harina de garbanzos y un poco de agua; lo pongo junto porque con ello haremos el rebozado, evitando pasar las torrijas por huevo batido.
  • 4 cucharadas de azúcar de coco o sirope de ágave; a la hora de endulzar, puede usarse cualquiera de ambos, incluso estevia; además del índice glucémico (para quien sí lo tenga en cuenta) pensad que el azúcar de coco es rico en minerales y vitaminas del grupo B.
  • 1 corteza de limón o naranja; puede usarse una que hayamos reservado con anterioridad, días o semanas atrás; bien lavada y conservada en un tarro de vidrio en la nevera. (Aprovechar las cortezas es también un guiño a un consumo responsable y sostenible).
  • Canela en rama y en polvo; podemos variar la receta original sustituyendo este aroma empleando otros condimentos además de adquiridos en comercios de proximidad, más ecológicos y responsables con el medio ambiente. 
Preparación:

  1. Cortamos el pan en rebanadas no muy gruesas.
  2. En un cazo calentamos la leche con la canela en rama y la corteza del limón/naranja. Cuando esté caliente, extraemos la canela y añadimos el azúcar de coco; cuando se haya integrado por completo retiramos del fuego.
  3. Sumergimos las rebanadas de pan en la mezcla de leche azucarada. Las dejamos allí unos minutos para que absorban la leche, pero que no queden demasiado blandas. En todo caso, escurrir para que no las rebocemos muy caldosas.
  4. En un bol aparte mezclar la harina de garbanzos con el agua. Rebozar las torrijas en esta mezcla. 
  5. Freír en abundante aceite caliente (aceite de oliva virgen extra) hasta que se doren.
  6. Añadir, si se quiere, un poco de azúcar de coco o sirope y canela en polvo por encima. 
  7. Dejar enfriar.

sábado, 3 de marzo de 2018

A Sergio, agradecido


Cada paso que damos nos damos cuenta que donde quiera que vayamos,
estamos en camino hacia la eternidad.

A Sergio Martinez, que ya viaja hacia ese lugar mejor donde nos esperará con una sonrisa inquebrantable.

El anciano llevaba varios días inquieto por las noches. Se acostaba pronto, pero no conseguía hilar el sueño hasta bien entrada la madrugada para despertarse antes del alba. Vivía solo, su casa era humilde, sus rutinas diarias le hacían feliz a pesar de la ausencia de vecinos y visitas desde hacía ya tiempo. Si en algún momento notaba un cosquilleo molesto cerca del corazón, acudía, arrastrando despacio los pies, al cuarto más alejado de la casa. Encendía la bombilla desnuda y se quedaba unos instantes contemplando las fotografías enmarcadas y los recuerdos en las paredes y estantes. De tanto en tanto se le escapaba una lágrima soslayada que dejaba caer sin esfuerzo. Su fotografía favorita, a la que acudía acercándose con la vista cansada y a la vez animosa, era una con dos jóvenes de frente. Estos, montados en sus motocicletas, festejaban una carrera con una amplia sonrisa, mirando al fotógrafo. En realidad, fotógrafa.

La instantánea la había tomado la novia del que parecía más recio de los dos. Los recuerdos venían entonces a su mente como a lomos de aquellas motocicletas. Tomaba la única silla en el cuarto y se quedaba largo tiempo mirando y evocando aquel recuerdo, aquella fotografía, hasta volverla real.

La carrera se había retrasado por la lluvia, pero finalmente se celebró con gran expectación de público y medios. Sergio se había preparado a conciencia. Se lo había comentado a María, su novia, pidiéndole que se colocara cerca de la meta para que le tomara una buena fotografía. En la línea de salida los participantes ocuparon sus puestos junto un debutante que no contaba para las encuestas. Tras la señal de salida, las motocicletas ensordecieron la pista para disfrute de los asistentes. Sergio fue ascendiendo posiciones hasta hacerse un hueco en la terna de cabeza. Le siguió a rueda el debutante. Los cuatro motoristas encararon la recta final casi en un puño, pisando a fondo el acelerador al ver la bandera de cuadros. La foto finish dio la victoria por muy poco a Sergio. Victorioso, al bajar del cajón del podio, quiso hablar con el cuarto, con el debutante. Surgió entre ellos una rápida complicidad y le pidió a María que les tomara una foto sobre sus motocicletas. Coincidieron en más competiciones, a Javier le fascinaba el buen humor de Sergio antes y después de las carreras, su camaradería con los compañeros y la vitalidad dentro y fuera de los circuitos.  

Un día recibió una llamada de María. Sergio había tenido un accidente durante unos entrenamientos libres. Le habían hospitalizado en cuidados intensivos. Javier supo que aquella era otra prueba más en la vida de Sergio, que saldría de ella victorioso, estaba convencido de ello. Y se convenció aún más cuando, a través de María, fue sabiendo que el estado de salud de su amigo tuvo que sortear desde un infarto a una intervención larga y complicada. Sergio es fuerte, se repetía, es un luchador y vencerá; ya lo verás.

Sentado en la silla, frente a la fotografía, los ojos se le anegaron de lágrimas. El rumor en el corazón le empezó a incomodar al traer nuevos y dolorosos recuerdos. Se puso en pie con torpeza, aferrándose al marco de la puerta. Antes de cerrar la habitación y apagar la luz echó un vistazo a la fotografía. Creyó ver a su amigo Sergio más sonriente que nunca.

Esa noche el sueño le vino suave, plácido. Le agradó verse joven de nuevo, reconoció a María con su cámara de fotos pidiéndole que se acercara a Sergio. Oía el ruido de la gente, el de las motocicletas, aunque no vio a su amigo a pesar de las señas de María. Podía escuchar el motor de la moto de Sergio tan cerca… Tan cerca que se despertó con el corazón encogido. Salió de la cama y se asomó a la ventana porque seguía escuchando la motocicleta de Sergio allí fuera. Los ojos se le humedecieron al ver por el camino la silueta de su amigo montado en su fantástica Harley-Davison. Era él, no le cupo ninguna duda, no había cambiado nada. No se preguntó cómo era posible. Su mente borró aquellas escenas cuando María, en el hospital, se abrazó a él para llorar en su hombro desconsolada. Por el contrario, sin hacer preguntas, se dirigió donde Sergio le esperaba paciente, con el motor en marcha, haciéndole un gesto para que se subiese con él. Y ya no le dolió el corazón, ni sintió molestias en sus huesos ni en sus pies cansados. Se encaramó con agilidad al asiento, le abrazó. Sergio, sin perder la sonrisa, le pidió que se agarrara fuerte porque iban a hacer un viaje muy largo. Ambos se perdieron por la línea del horizonte sin mirar atrás.

sábado, 3 de junio de 2017

Insecto que no has de beber...


A la niña le gustaba salir al jardín y contemplar a los bichos, en especial a las arañas. Solía entretenerse con ellas fascinada por la curiosa forma de las telarañas, pero sobre todo al verlas corretear cuando caía algún insecto en ellas. A menudo usaba un palito para engañarlas y hacer que salieran de su escondite o, si estas adivinaban sus intenciones, les echaba algún bichillo que cazaba por verlas acudir veloces, picando y enredándolos antes de advertir como  regresaban igual de ligeras a su escondite.
Esa mañana, la niña no apareció. La araña había atrapado un escarabajo grande y negro con el que se estaba nutriendo cuando notó la vibración en uno de los hilos de la telaraña. Dejó al escarabajo; volvería más tarde, se dijo. Acudió donde el temblor para descubrir a un pequeño y enclenque insecto palo. Al principio la araña dudó de qué hacer, pues no le apetecía mucho invertir tiempo y esfuerzo en el viejo insecto. 
Demasiado hilo para tan poca cosa, se dijo. Lo estuvo mirando con sus múltiples pares de ojillos brillantes; torpe y fatigado bailaba enredado en uno de los pegajosos hilos de la trampa de seda; ella se acercó a él despacio, lanzándole nuevos hilos aunque solo fuera, se dijo, para que se estuviera quieto y no le estropeara aquella parte de la telaraña. Más tarde se decidiría o no a devorarle, reflexionó. 
Regresó donde el escarabajo más hambrienta aún. El insecto palo dio vueltas y vueltas intentando descolgarse o al menos desenredarse, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. De alguna forma, su instinto le decía que algo malo iba a ocurrirle, aunque no era capaz de precisar bien el qué. Por eso se movió insistente tratando de zafarse o de alcanzar quizá, con una de sus patas, algo donde agarrarse. Resultó ser otro de los hilos de la telaraña. Su propietaria, cansada de las molestias del insecto palo mientras terminaba de extraer los jugos al exquisito escarabajo, volvió donde aquel, esta vez para tomar una decisión drástica. Le enredó aún más con sus hilos, inmovilizándole con un leve picotazo, asegurándose así de que podía regresar donde el escarabajo y, cuando tuviese hambre, acudir y dar buena cuenta de él. Al fin y al cabo, se dijo, a buen hambre no hay insecto malo. 
El negro escarabajo parecía no agotarse, en tanto el insecto palo, aturdido, apenas se esforzaba ya por desenmarañarse. Aguardó a su suerte, confiando en que el tiempo de espera de lo que fuese a ocurrirle no resultase largo.
He aquí que en esa espera una sombra ocultó parte de la telaraña. Unos grandes ojos se fijaron no solo en el escarabajo y la araña chupándole hasta la última gota de vida, también en el pequeño ovillo de seda en uno de los extremos de la telaraña. La niña usó una ramita para romper parte de los hilos y disipar así la curiosidad por saber qué insecto había atrapado ese día la pérfida araña. Fue así como contempló al pequeño bicho palo, inmóvil, condenado a su suerte. Y si bien a la niña lo que más le gustaba era ver el momento en el que la tejedora acudía rápida para atenazar y ovillar a su presa, sintió un repentino apego por el insecto palo al punto de cortar, con la ramita, el hilo que lo mantenía colgado de la red. 
La araña se escondió en su refugio al notar tanto trajín, supuso que debía de tratarse de aquel ser que de tanto en tanto la incordiaba. Solo salió cuando la gran sombra desapareció. Fue al extremo de su telaraña para descubrir que el insecto palo ya no estaba. No lo echó de menos, se consoló diciéndose a sí misma que era flaco y añoso, acudiendo presta donde el jugoso escarabajo que seguiría dándole alimento durante un tiempo, aunque como todos los insectos que caían en su trampa, acabaría por agotarse.

martes, 30 de mayo de 2017

Fin del hechizo


A pesar de que su padre les había pedido que se fueran a dormir, los dos niños jugaban en su cuarto despreocupados.
―¿Qué ocurre aquí? ―gritó aquel entrando de improviso. Ellos se asustaron permaneciendo en silencio, corriendo a esconderse bajo las sábanas de sus respectivas camas―. Si os portáis así de mal vendrá la bruja y os llevará a su cueva.
El muchacho se rió asegurando que no existían las brujas; su hermana, unos años más joven, no dijo nada, prefirió seguir atenta con la mirada a las palabras y los gestos de su padre que acercó una silla para sentarse justo en el espacio entre ambas camas.
―Parece que estás muy seguro, quizá deba dejar entonces la ventana abierta esta noche. Así, cuando estéis durmiendo, la bruja podrá colarse por ella y decidir si os lleva o no con ella, ¿qué os parece?
―¡No, no! ―gritó la muchacha. Su hermano esta vez no dijo nada, pareció meditar antes de hablar de nuevo.
―¿Tú la has visto, papá?
―¿A quién, a la bruja? ―Hizo una pausa como si tratara de recordar, asintiendo―. Sí, claro.
La muchacha se tapó con las sábanas al escuchar aquello, pero sobre todo cuando su hermano pidió con insistencia que les contara cómo fue, cómo era la bruja, si realmente tenía aquel aspecto tan horrible que aseguraban los rumores.
―¿No decías que no existían…? ―dijo su hermana en voz baja.
Un ruido procedente del exterior del cuarto hizo que los dos niños gritaran a la vez. Se trataba de su madre que llegó en ese momento para desearles las buenas noches.
―¿Por qué gritaron, no les estarás contando historias para que no se duerman? ―le reprochó su mujer en un tono amable.
―Creo que se asustaron al oírte llegar, cariño.
―No tienen de qué asustarse. Solo vine a daros el beso de buenas noches. ―Y diciendo esto se acercó primero a la niña para besarla, arroparla y, a continuación, al niño. Este dijo que en realidad esperaba oír la historia de la bruja antes de dormirse.
―¿Qué bruja? ―preguntó su madre volviéndose a su marido. Este le guiñó un ojo antes de decir:
―Ya sabes, la bruja del bosque…
―¡Ah, esa bruja! ―También ella le guiñó un ojo, asintiendo.
―¿Tú también conociste a la bruja, mamá? ―Quiso saber el muchacho. Su hermana abrió los ojos sorprendida esperando la respuesta.
―Pues sí, también sé la historia de la bruja. Aunque dejaré a vuestro padre para que os la cuente. No tardes ―añadió depositando un beso en la mejilla de éste con un nuevo guiño.
Él entendió de inmediato la señal, por lo que se dispuso a contar lo más resumido posible la historia y así poder acudir al lecho conyugal con premura.
―La bruja del bosque tenía un aspecto horrible, sí ―comenzó― , era su apariencia real, solo que como bruja que era conocía el poder de las plantas y los animales que la servían, así que solía prepararse un brebaje que se tomaba. Cuando lo hacía, su aspecto cambiada de tal manera que parecía una joven bella y adorable.
―¿Así es como atraía a los niños para comérselos? ―preguntó el hijo.
―Mmm, bueno, también; pero en realidad lo que la bruja quería era atraer a jóvenes ya fueran príncipes o no, lozanos o viejos, para obtener de ellos algo muy importante, pues de otro modo envejecía rápidamente. Mmm, para que lo entendáis, lo de las plantas solo le servía por fuera, como cuando las hojas de los árboles cambian de color en otoño; era cuando pasaba tiempo con muchachos jóvenes y apuestos cuando rejuvenecía.
»El caso es que la bruja recogía flores en el bosque, las preparaba en un gran puchero a la lumbre, en su cueva, y cuando se lo bebía se volvía guapa para así poder engañar y atraer a los pobres infelices que se acercasen a ella.
»Por entonces yo vivía en una casa como esta, ya no era tan joven, pero de vez en cuando sí me gustaba ir al bosque a perseguir animales o a bañarme en el río a pesar de que había escuchado lo peligroso que era internarse en la espesura estando en ella la cueva de la bruja. Creo que me pasaba un poco lo que a ti ―dijo señalando a su hijo―, que en fondo no creía mucho en las brujas ni en sus hechizos.
―¿Y qué pasó, papá, la viste? ―se impacientó aquel.
―Como ya os dije, sí ―asintió―. Un día que paseaba tranquilamente disfrutando de los rayos del sol entre las copas de los árboles, distraído, vi a una joven realmente hermosa.
―¿Era la bruja?
―Sí, no me interrumpas. Era la bruja, pero yo no lo sabía. Tenía el pelo rubio y largo, se lo tocaba a menudo y con su voz suave me preguntó a dónde iba y si quería que la acompañase a dar un paseo.
La niña movió la cabeza negando, como temiendo qué iba a ocurrir; su padre le hizo un gesto para que se serenase.
―¿Te llevó a su cueva, papá?
―Bueno, en realidad estuve varias veces a punto de caer en su hechizo. La bruja era muy egoísta y, por aquel tiempo, un noble de la región que tampoco creía en las brujas, a quien llamaban el Caballero Negro, se internó en el bosque atrayendo la atención de la bruja. Más alto, apuesto, joven y valeroso, la bruja corrió a su encuentro sin pensárselo mucho dejándome ir sin más...
»Veo que ya es muy tarde y tenéis sueño, se os están cerrando los ojos. Mañana os cuento como termina la historia ―dijo poniéndose en pie al ver a su hija bostezar y al recordar también que su mujer le esperaba impaciente en el cuarto contiguo.
―No, papá; por favor, cuéntanos qué pasó después ―insistió el mayor.
―Está bien ―accedió al ver que, en efecto, el muchacho no parecía tener una pizca de sueño. Se lo reprochó mentalmente pues, de otro modo, de no haberles dicho nada sobre la bruja, estaría en los brazos de su mujer como era su deseo en ese momento.
―Volví al bosque varias veces después de aquello, no podía creer lo que decían las gentes del lugar: que aquella muchacha joven y guapa fuera una bruja. Parecía tan increíble… Las brujas siempre me las había imaginado viejas y feas. Pero ya os dije que la bruja conocía el secreto de las plantas y lo usaba para cambiar su aspecto.
»Tampoco el Caballero Negro debía creer en aquello, pues supe que se internaba muchos días en el bosque, a menudo sólo, sin sus guardias. ¿Para qué los necesitaba, les decía, si era más fuerte y vigoroso que aquella joven de rubios cabellos y voz adorable? Y claro, la bruja se aprovechaba de ello para robarle parte de la juventud cuando estaban juntos, y así se sentía joven no solo por fuera, sino por dentro: rejuvenecía concentrando cada día más y más poder. De día, el Caballero Negro parecía despertar del encantamiento y huía de la cueva, se alejaba y, en su desespero, la bruja buscaba a más jóvenes y más plantas, confiada en que aquel volvería tarde o temprano a causa del hechizo.
»Un día que me decidí a ir al bosque a descubrir si era verdad lo del encantamiento de la bruja. Me acerqué sigiloso por la vera del río. Oculto entre la maleza fui acercándome a quien me pareció la joven atractiva de la vez anterior,  la bruja, en realidad. Era tan guapa, parecía tan inocente, su voz sonaba tan dulce cuando cantaba… que olvidé por un tiempo lo más importante y, acercándose a mi, me acarició, incluso me besó llevándome del brazo por el camino que discurría hasta su cueva.  Imagino que me confié, que como otros jóvenes o el propio caballero Negro no vi sino su delicada apariencia y así es fácil caer en el hechizo… ¿Te duermes, hijo?
―No papá ―dijo bostezando, en realidad sí que se le cerraban los ojos; su hermana hacía ya rato que se había dormido.
―Acabo ya. En realidad lo que me salvó fue... una paloma ―dijo sonriendo, al evocar esa parte de sus recuerdos.
―¿Una paloma? ―dijo de repente el chico como despertándose de su sopor.
―Una muchacha que solía ir también al río a por agua nos vio por casualidad ese día y, al parecer, nos siguió.  Se preocupó por el hecho de que fuera verdad lo que contaban en las aldeas cercanas, lo de que la bruja del bosque a menudo se hacía pasar por una joven de rubios cabellos que seducía a los muchachos y nobles de la región. En algún momento debió pensar que era cierto, pues le inquietó la forma en la que la bruja me llevaba por el camino que ascendía hasta la cueva.
»Por una parte quería acercarse para avisarme, pero por otra temía que de ser cierto que fuese una bruja le lanzase algún extrajo conjuro. Así que, viendo que unas palomas habían hecho un nido en una rama baja en uno de los árboles, se subió a aquel y tomó un par de huevos del nido con cierta tristeza por lo que iba a hacer, que fue…
No continuó ya que su hijo se había quedado también dormido. Lo besó, lo arropó y apagó la luz del cuarto susurrando un buenas noches.
―Me estaba quedando dormida ―oyó en un susurro cuando entró en el dormitorio contiguo.
―¿Enciendo la luz? ―preguntó, aunque sabía la respuesta.
Las manos de su mujer le desnudaron despacio, ella ya lo estaba y, en unos minutos, sin hacer mucho ruido para no despertar a sus hijos, se entregaron mutuamente al deseo. Cuando hubieron terminado, abrazados bien juntos, ella le preguntó por la historia que les había contado a los pequeños.
―No la terminé, se quedaron dormidos antes del final.
―Siempre haces lo mismo cuando te pones a contar historias, cielo, creo que deberías dedicarte a escribirlas, quizá un día se hagan mayores y quieran leerlas.
―Puede que lo haga ―dijo apretando contra sí a su mujer.
―¿Y dónde te has quedado?, por curiosidad.
―A punto de que me lanzases los dos huevos.
Hubo una sonrisa taimada.
―Es lo primero que se me ocurrió. Tenías que haberte visto con las yemas en el rostro.
―Me imagino, la verdad es que me sentí ridículo.
―De eso se trataba, al menos sirvió para que vieras más claro, a pesar de los huevos ―volvió a reír.
―Creo que nunca te di las gracias por ello… ―Y diciendo esto, su mano recorrió la espalda de su mujer, luego las nalgas y ella percibió que el deseo regresaba a ambos.
―Mmm, ¿dos una misma noche? Creo que ha valido la pena esperar.
Esta vez hicieron algo más de ruido, pero sus hijos no se despertaron, estaban sumidos en un profundo sueño avivado por aquella historia de brujas y caballeros. Justo antes de dejarse también abrazar por los brazos de Morfeo, la esposa le preguntó quedamente al marido por la bruja.
―¿Qué habrá sido de ella?
―No lo sé, era una egoísta, ¿Quién sabe? Duérmete o tendré que darte las gracias otra vez.
―Si eso es una amenaza, espero que la cumplas todas las noches, amor mío.

miércoles, 24 de mayo de 2017

La última función


Durante días no se habló de otra cosa. Los vecinos del viejo inmueble se alegraron de que por fin la policía se hubiera llevado a la anciana del ático. Hubo a quien le dio pena, calculaban que tendría noventa años, aunque desde hacía meses se había encerrado en su piso y temieron que el desagradable olor que bajaba fuera una prueba de que la anciana había pasado a mejor vida. La policía esperó a que los bomberos echasen la puerta abajo para extraer basura acumulada durante años en cantidad suficiente para llenar un camión municipal. La anciana, al llegar al hospital, desnutrida y aturdida, no recordaba su nombre ni se le encontró parientes que respondieran por ella. Mientras la desnudaban los enfermeros encontraron que en una de sus manos asía fuertemente un objeto pequeño y duro. Forcejeó hasta la extenuación, y volvió a preguntar por aquello a quienes fueron a verla a su habitación. Lo pidió con tanta insistencia, entre lágrimas, que el médico responsable preguntó a las enfermeras y celadores. Resultó ser un trozo de piedra, caliza, apuntó uno de los médicos residentes antes de que el jefe de planta accediera a que se lo devolvieran a la anciana. Esta se calmó nada más tenerlo entre sus manos hasta el punto de quedarse dormida. En realidad, no lograron despertarla cuando se dieron cuenta de que la medicación había podido con ella.
Setenta años antes, en la consulta de un doctor, un hombre de mediana edad y su ayudante en los espectáculos aguardan a que aquel se lavase las manos tras el biombo para desvelar el diagnóstico. El paciente llevaba días con unos dolores terribles en las manos, en las articulaciones, aunque solo la insistencia de su ayudante le había empujado a visitar al doctor. En el fondo sospechaba qué le iba a decir este. No entendía de medicina, su don era otro, pero intuía que le diría que era irreversible, que tendría que dejar de actuar.
¿A qué se dedica?, pregunta el médico sentándose por fin tras la mesa llena de papeles.
Hay un silencio, los dos hombres a este lado se miran. El ayudante hace un gesto.
¿No sabe quién es? Es Kalosini el mago. La ciudad está llena de carteles con la función para este viernes. Le daré dos entradas para que vaya a ver el espectáculo… -dice llevándose la mano al bolsillo de su chaleco. El mago le hace un gesto a su ayudante para que calle al ver la cara del doctor un tanto apática.
Creo que al doctor no le interesa la magia, Salvatore.
Pues no, soy médico, no creo en… trucos de magia.
Kalosini entiende el esfuerzo que ha hecho el doctor para reprimir una expresión menos amable, él mismo asiente como dando por bueno el argumento, no quiere perder más tiempo en la consulta, el dolor arrecia en sus manos, también en sus rodillas, sus huesos se revelan sobre todo por las noches, a la hora de acostarse, pero eso no se lo ha dicho al médico. No ha hecho falta, el doctor ha usado primero un lenguaje técnico para más tarde confirmarle sus sospechas: es una enfermedad degenerativa, irá a más con el tiempo, los miembros se le agarrotarán y el dolor se volverá insoportable todo y que le recetará morfina.
No abuse, ya sabrá los efectos que tiene, oye el mago, también su ayudante que guarda la receta sacando a su vez las dos entradas prometidas para la función de esa semana.
No creo que vaya, le dice el médico a Salvatore aunque las toma y manosea esperando que el ayudante o el médico le abonen el coste de la consulta.
Muchas gracias, doctor. Es la despedida de Kalosini.
Yo de usted me buscaba otro trabajo, y no solo por sus trucos.
El ayudante se adelanta a ambos para abrir la puerta, el mago se coloca el sombrero, hace una pequeña reverencia al doctor antes de salir y, ya en la calle, le pide a Salvatore que vaya a comprar la medicina a la botica.
Me da apuro dejarte solo.
No me pasará nada.
¿Vas a verla de nuevo?
La pregunta queda sin respuesta unos instantes. Él no quiere contestar, tampoco es necesario. Salvatore y él llevan viajando con el espectáculo itinerante demasiado tiempo. En todos esos años han vivido muchas alegrías, penas e injusticias. Así lo cree Salvatore, pues sabe que el verdadero mal del mago está dentro, en su corazón. Ya no es el mismo, ahora solo actúa bajo ese aura melancólica, sin la vitalidad de las primeras funciones… Las mujeres siempre quedaban fascinadas con su locuacidad, con sus habilidades en el escenario, alguna compartió más de una noche de hotel, recuerda ahora Salvatore, pero ninguna se quedó, ninguna aceptó compartir el resto de su vida con el mago. Y lo que en principio le pareció bien para él, alargar sus ingresos recorriendo el país con el espectáculo, se había dado cuenta de que era lo más parecido a una condena para Kalosini. Ninguno de los dos había mencionado la palabra retiro aunque flotaba en el aire, de tanto en tanto, en alguna conversación a altas horas de la noche cuando el mago se despertaba agitado, con pesadillas recurrentes .
Ve a por la medicina, nos veremos en el hotel, dijo dándole la espalda para internarse entre la muchedumbre de la calle. Salvatore le vio alejarse, preocupado.
También Kalosini aligeró primero el paso para distanciarse de la consulta del médico y, más tarde, para notar un peso invisible que parecía retenerle, como advirtiéndole de que una segunda mala noticia le esperaba en la casa a la que se dirigía. La divisó pronto, era la residencia de un rico comerciante que vivía allí con su familia. Su mayor tesoro era Angélica, su hija, tan atractiva como indecisa a la hora de elegir pretendientes. Muchos habían caído en sus redes, en su juego de seducción; unos habían huido a tiempo, otros no, abotagados por los galanteos y deferencias de la muchacha se habían desquiciado al saberse rechazados, algunos con reacciones violentas o el suicidio incapaz de soportar la humillación pública.
En realidad, la joven Angélica se había encaprichado de un terrateniente extranjero que la cortejaba ya sin recelo, como si fuera cuestión de tiempo que el padre diese la bendición. Salvo por el hecho de que también se había encaprichado de Kalosini, aunque de un modo menos apasionado, atraída únicamente por aquellos trucos de magia que la distraían de su aburrida vida encerrada en a casa o acudiendo a las más aburridas aún fiestas de sociedad de su padre. Desde que fuera a ver uno de los espectáculos de magia del gran Kalosini había hecho lo indecible para hablar con él, a solas, tras la función, flirteando y dándole promesas para quedar de nuevo, días más tarde, incluso en su casa.
Llamó a la puerta. Un criado le hizo pasar al vestíbulo donde debía esperar. Angélica llegó al rato, radiante, encantada de volver a verle. Coqueteó con él en el jardín, lejos de las miradas de sus padres, le arrulló acercándose a él apoyada en su brazo, como en una confidencia.
Estoy harta de este sitio, llévame contigo.
Aquello sorprendió a Kalosini, notó un calor antiguo en su corazón, hacía tanto tiempo que una mujer no le hablaba así. Solo que ella no era como las otras, era especial, al menos así la veía. Tan joven, tan guapa, y con aquella mirada capaz de derretir al hombre más inflexible.
¿Te vendrías conmigo? ¿De verdad? No es una vida fácil, siempre de un lado para otro.
Por supuesto, contestó ilusionada, apretándole el brazo, hablándole al oído; me encantaría viajar, conocer otros países, otras gentes, esto no es vida para mí.
Consciente de la existencia del otro pretendiente él le insinuó qué haría con aquel.
No sé, no hablemos de él ahora; tú estás aquí, haz un truco de magia para mí.
Y como si el amor nublase la razón de la misma manera que Kalosini conseguía distraer la atención del público en sus espectáculos, la joven le sedujo. Se entusiasmó con el truco de la rosa y las cartas que Kalosini le regaló con un rápido movimiento de manos.
¿Vendrás a la función del viernes?
Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo. Depositó un beso en la mejilla del mago que inconsciente se giró antes de tiempo robándole medio beso en los labios.
¿Te ha molestado? Disculpa, yo no…
No pasa nada, pero no me gusta que me roben un beso.
Se lo perdonó con una sonrisa pícara que Kalosini reprodujo en su cabeza durante el trayecto de vuelta al hotel. Qué mejor manera de despedirse de su público que en una última función, se dijo esbozando también una sonrisa, adelantándose al momento en que regresase a aquella casa para pedirle la mano de Angélica a su padre.
Esperó paciente al día de la función, soñó con ella, con una casa apartada de la ciudad, de los escenarios, con un huerto quizá, aunque el dolor en sus articulaciones le despertaba de la ensoñación. Borraba aquellas imágenes, pero retenía las otras, esas en las que se veía con ella, con Angélica, abrazándola, besándola, experimentando de nuevo el breve ardor del amor que tan esquivo le había sido a los largo de su vida. Puso todas sus ilusiones en la muchacha de rubios cabellos y sonrisa de ángel.
El viernes el patio de butacas estaba a reventar, desde detrás del telón Salvatore se asomó para advertir a Kalosini que habían venido las autoridades  principales e incluso el médico con su mujer.
¿No estarás nervioso?
¿Y ella, la has visto? -No le quiso decir que sí-. Déjame ver.
Ahora no, has de prepararte.
Se colocó entorpeciéndolo el paso, pero él se zafó para asomarse por entre el telón y el hombro del ayudante. Sí, allí estaba, en las primeras filas, con su familia y aquel terrateniente que, según apreció, le apretaba una mano entre las suyas.
Vamos, vamos, que sales en cinco minutos, oyó de Salvatore, pero fue como si la voz viniese de un lugar lejano. Dentro de sí, el calor se había transformado en brasas ardientes, en un fuego que le quemaba. No quería salir, subir al escenario, ser la burla de todos, porque se convenció de que todos los presentes le mirarían con desprecio, como si le reprochasen que hubiera sido tan estúpido de creerse que la muchacha le escogiera a él en lugar de al apuesto terrateniente. Qué bien se lo estaría pasando a su costa, pensó Kalosini. El dolor en las manos le hizo estremecerse, incluso notó como si se le quedasen dormidas, un augurio de la enfermedad que acabaría postrándole algún día en una sucia pensión de mala muerte, en un rincón olvidado, solo…
El telón se levantó, el público rompió en aplausos, se anunció la salida de Kalosini entre silbidos y vítores. Él aún tardó en pisar las tablas del escenario justo cuando comenzaba a oírse un rumor entre los asistentes. Dio las gracias, comenzó con uno de sus trucos clásicos, arrancó exclamaciones, nuevos aplausos, miradas de admiración. Se sintió turbado, las veces que se fijó en Angélica su corazón amenazó con detenerse. El tipo sentado a su lado parecía adivinar sus pensamientos y se mantenía pegado a ella. El dolor en sus dedos se agudizó por la fuerza de sus pensamientos. Fue entonces cuando, en un parpadeo, al terminar un truco ribeteado de aplausos comprendió que debía cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo. Anunció de improviso que iba a realizar un truco especial, que para ello necesitaba a alguien del público, una voluntaria a ser posible. Hubo brazos levantados, gente que grito aquí, pero él señaló a Angélica. Entre aplausos llegó donde el mago, los pequeños trucos de cartas solo eran una cortina de humo, la gente aplaudía y bajo aquel rumor le preguntó en voz baja si seguía queriendo irse con él, marcharse de allí juntos, dejándolo todo atrás.
Ella negó con la cabeza, en sus labios pudo leer un no, aunque el resto del público seguía atento a la joven, a su belleza sobre el escenario, a los trucos de magia girando a su alrededor de la mano de aquel mago que cada vez se sentía más cansado, más vacío.
Kalosini echó una última mirada furtiva a su lado, donde distinguió en la sombra tras el segundo telón a Salvatore. Este se inquietó, le conocía demasiado, algo no iba bien, era como si aquel le hubiera hecho una mueca de despedida. A partir de ahí todo sucedió tan deprisa… Kalosini tomo un pañuelo blanco se lo tendió a Angélica para que hiciera con él una flor con un nudo. Ella se la tendió mirando sin ver, ajena a la mirada del mago, divertida como todas las veces que le había pedido un truco de magia más para su disfrute. Dos lágrimas cayeron por la mejilla de Kalosini, al tocar el pañuelo este, por arte de magia, de transformó en una rosa blanca auténtica. Ni Angélica ni el público salían de su asombro. La rosa entre los doloridos dedos del mago golpeó la palma de una de sus manos para transformarse en un pajarillo, un petirrojo que se apoyó en uno de los dedos. Los aplausos le asustaron y salió volando. Decenas de ojos siguieron el vuelo del animal por el techo del teatro, solo unos pocos, los de Angélica entre ellos, vieron a Kalosini abrirse la pechera de su traje con una mano, descubierto el ojal donde asomaba la piel, con la mano derecha el mago dio un suave golpe, como si percutiera una nota musical. Desde los pies fue ascendiendo una transformación lenta pero inexorable que convirtió en segundos al mago en una estatua de piedra. Se hizo un silencio doloroso en el teatro. Junto a la joven ya no estaba el gran Kalosini, el mago, sino una especie de escultura rocosa, inmóvil, grotesca. La joven se alejo asustada, se reunió con su familia y el terrateniente que gritó que avisaran a alguien. El griterío no cesó a pesar de las llamadas a la calma de Salvatore tan confundido como el resto. Una marabunta de asistentes, ya en pie, subieron al escenario para acercarse a la estatua primero y, encolerizados después, arremeter contra ella. No tardaron mucho en derribarla, en romperla. Algunos trozos estuvieron rodando por la ciudad días después de que la función se clausurase, Salvatore tuviera que salir medio escondido por la puerta trasera y el nombre de Kalosini se asociara despectivamente. Nada pareció quedar de aquella noche con el paso de los años, solo un fragmento pequeño de roca que Angélica guardó para sí mucho después de que el terrateniente la abandonase como hicieron los que le sucedieron y decidiera un día marcharse lejos, con sus recuerdos y aquella piedra que un día le propusiese la vida que nunca tuvo.