domingo, 1 de abril de 2018

Torrijas saludables (y sostenibles)

Mi forma de homenajear a mi madre, por recordarme estos días que va a cocinar más de la cuenta, por si me quiero llevar de su casa a la mía algo de lo que haga (en exceso) y comérmelo, es compartiendo esta receta de TORRIJAS. Todo y que estoy seguro de que si nos hiciéramos (ambos) un análisis tras estas fiestas de Cuaresma... lo mismo nos salía el colesterol y/o el azúcar por las nubes... Como sé que a ella eso de variar la receta tradicional no lo va a ver muy allá, os dejo esta que a buen seguro encontraréis tal cual o sin muchos aditamentos en Internet.
Buen provecho.

Ingredientes:
  • Rebanadas de pan (integral), lo que hará que la receta sea sostenible es aprovechar pan que se nos haya hecho duro, ese que lleva varios días en casa y no sabemos qué hacer con él. La cantidad irá en función del apetito de cada cual, más vale quedarse con hambre a que queden torrijas  'rodando' en la nevera.
  • ¼ de litro de leche de soja o de almendras; no se necesita mucha, por lo que mejor usar poca, la justa, y así también cocinaremos responsablemente. 
  • 4 cucharadas de harina de garbanzos y un poco de agua; lo pongo junto porque con ello haremos el rebozado, evitando pasar las torrijas por huevo batido.
  • 4 cucharadas de azúcar de coco o sirope de ágave; a la hora de endulzar, puede usarse cualquiera de ambos, incluso estevia; además del índice glucémico (para quien sí lo tenga en cuenta) pensad que el azúcar de coco es rico en minerales y vitaminas del grupo B.
  • 1 corteza de limón o naranja; puede usarse una que hayamos reservado con anterioridad, días o semanas atrás; bien lavada y conservada en un tarro de vidrio en la nevera. (Aprovechar las cortezas es también un guiño a un consumo responsable y sostenible).
  • Canela en rama y en polvo; podemos variar la receta original sustituyendo este aroma empleando otros condimentos además de adquiridos en comercios de proximidad, más ecológicos y responsables con el medio ambiente. 
Preparación:

  1. Cortamos el pan en rebanadas no muy gruesas.
  2. En un cazo calentamos la leche con la canela en rama y la corteza del limón/naranja. Cuando esté caliente, extraemos la canela y añadimos el azúcar de coco; cuando se haya integrado por completo retiramos del fuego.
  3. Sumergimos las rebanadas de pan en la mezcla de leche azucarada. Las dejamos allí unos minutos para que absorban la leche, pero que no queden demasiado blandas. En todo caso, escurrir para que no las rebocemos muy caldosas.
  4. En un bol aparte mezclar la harina de garbanzos con el agua. Rebozar las torrijas en esta mezcla. 
  5. Freír en abundante aceite caliente (aceite de oliva virgen extra) hasta que se doren.
  6. Añadir, si se quiere, un poco de azúcar de coco o sirope y canela en polvo por encima. 
  7. Dejar enfriar.

sábado, 3 de marzo de 2018

A Sergio, agradecido


Cada paso que damos nos damos cuenta que donde quiera que vayamos,
estamos en camino hacia la eternidad.

A Sergio Martinez, que ya viaja hacia ese lugar mejor donde nos esperará con una sonrisa inquebrantable.

El anciano llevaba varios días inquieto por las noches. Se acostaba pronto, pero no conseguía hilar el sueño hasta bien entrada la madrugada para despertarse antes del alba. Vivía solo, su casa era humilde, sus rutinas diarias le hacían feliz a pesar de la ausencia de vecinos y visitas desde hacía ya tiempo. Si en algún momento notaba un cosquilleo molesto cerca del corazón, acudía, arrastrando despacio los pies, al cuarto más alejado de la casa. Encendía la bombilla desnuda y se quedaba unos instantes contemplando las fotografías enmarcadas y los recuerdos en las paredes y estantes. De tanto en tanto se le escapaba una lágrima soslayada que dejaba caer sin esfuerzo. Su fotografía favorita, a la que acudía acercándose con la vista cansada y a la vez animosa, era una con dos jóvenes de frente. Estos, montados en sus motocicletas, festejaban una carrera con una amplia sonrisa, mirando al fotógrafo. En realidad, fotógrafa.

La instantánea la había tomado la novia del que parecía más recio de los dos. Los recuerdos venían entonces a su mente como a lomos de aquellas motocicletas. Tomaba la única silla en el cuarto y se quedaba largo tiempo mirando y evocando aquel recuerdo, aquella fotografía, hasta volverla real.

La carrera se había retrasado por la lluvia, pero finalmente se celebró con gran expectación de público y medios. Sergio se había preparado a conciencia. Se lo había comentado a María, su novia, pidiéndole que se colocara cerca de la meta para que le tomara una buena fotografía. En la línea de salida los participantes ocuparon sus puestos junto un debutante que no contaba para las encuestas. Tras la señal de salida, las motocicletas ensordecieron la pista para disfrute de los asistentes. Sergio fue ascendiendo posiciones hasta hacerse un hueco en la terna de cabeza. Le siguió a rueda el debutante. Los cuatro motoristas encararon la recta final casi en un puño, pisando a fondo el acelerador al ver la bandera de cuadros. La foto finish dio la victoria por muy poco a Sergio. Victorioso, al bajar del cajón del podio, quiso hablar con el cuarto, con el debutante. Surgió entre ellos una rápida complicidad y le pidió a María que les tomara una foto sobre sus motocicletas. Coincidieron en más competiciones, a Javier le fascinaba el buen humor de Sergio antes y después de las carreras, su camaradería con los compañeros y la vitalidad dentro y fuera de los circuitos.  

Un día recibió una llamada de María. Sergio había tenido un accidente durante unos entrenamientos libres. Le habían hospitalizado en cuidados intensivos. Javier supo que aquella era otra prueba más en la vida de Sergio, que saldría de ella victorioso, estaba convencido de ello. Y se convenció aún más cuando, a través de María, fue sabiendo que el estado de salud de su amigo tuvo que sortear desde un infarto a una intervención larga y complicada. Sergio es fuerte, se repetía, es un luchador y vencerá; ya lo verás.

Sentado en la silla, frente a la fotografía, los ojos se le anegaron de lágrimas. El rumor en el corazón le empezó a incomodar al traer nuevos y dolorosos recuerdos. Se puso en pie con torpeza, aferrándose al marco de la puerta. Antes de cerrar la habitación y apagar la luz echó un vistazo a la fotografía. Creyó ver a su amigo Sergio más sonriente que nunca.

Esa noche el sueño le vino suave, plácido. Le agradó verse joven de nuevo, reconoció a María con su cámara de fotos pidiéndole que se acercara a Sergio. Oía el ruido de la gente, el de las motocicletas, aunque no vio a su amigo a pesar de las señas de María. Podía escuchar el motor de la moto de Sergio tan cerca… Tan cerca que se despertó con el corazón encogido. Salió de la cama y se asomó a la ventana porque seguía escuchando la motocicleta de Sergio allí fuera. Los ojos se le humedecieron al ver por el camino la silueta de su amigo montado en su fantástica Harley-Davison. Era él, no le cupo ninguna duda, no había cambiado nada. No se preguntó cómo era posible. Su mente borró aquellas escenas cuando María, en el hospital, se abrazó a él para llorar en su hombro desconsolada. Por el contrario, sin hacer preguntas, se dirigió donde Sergio le esperaba paciente, con el motor en marcha, haciéndole un gesto para que se subiese con él. Y ya no le dolió el corazón, ni sintió molestias en sus huesos ni en sus pies cansados. Se encaramó con agilidad al asiento, le abrazó. Sergio, sin perder la sonrisa, le pidió que se agarrara fuerte porque iban a hacer un viaje muy largo. Ambos se perdieron por la línea del horizonte sin mirar atrás.

sábado, 3 de junio de 2017

Insecto que no has de beber...


A la niña le gustaba salir al jardín y contemplar a los bichos, en especial a las arañas. Solía entretenerse con ellas fascinada por la curiosa forma de las telarañas, pero sobre todo al verlas corretear nerviosas cuando caía algún insecto en ellas. Usaba a menudo un palito para engañarlas y hacer que salieran de su escondite. O, si estas adivinaban sus intenciones, les echaba algún bichillo que cazaba por verlas acudir veloces, picando y enredándolos antes de advertir cómo  regresaban igual de ligeras a su escondite.
Esa mañana, la niña no apareció. La araña había atrapado a un escarabajo grande y negro con el que se estaba nutriendo cuando notó la vibración en uno de los hilos de su telaraña. Dejó al escarabajo; volvería más tarde, se dijo. 
Acudió donde el temblor para descubrir a un pequeño y enclenque insecto palo. Al principio, la araña dudó qué hacer: no le apetecía mucho invertir tiempo y esfuerzo en el viejo e insustancial insecto. 'Demasiado hilo para tan poca cosa', se dijo para sí. Lo estuvo mirando con sus pares de ojillos brillantes.
Ttorpe y fatigado, aquel bailaba enredado en uno de los pegajosos hilos de la trampa de seda; ella se acercó a él, despacio, lanzándole nuevos hilos, aunque solo fuera, se dijo, para que se estuviera quieto y no le estropeara aquella parte de la telaraña. Más tarde se decidiría o no a devorarle, reflexionó al fin. 
Regresó donde el escarabajo aún más hambrienta por el esfuerzo. 
El insecto palo dio vueltas y vueltas intentando descolgarse o, al menos, desenredarse, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. De alguna forma, su instinto le decía que algo malo iba a ocurrirle, aunque no era capaz de precisar bien el qué. Por eso se movió insistente tratando de zafarse o de alcanzar quizá, con una de sus patas, algo donde agarrarse. Resultó ser otro de los hilos de la telaraña. Su propietaria, cansada de las molestias del insecto palo mientras terminaba de extraer los jugos al exquisito escarabajo, volvió donde aquel, esta vez para tomar una decisión drástica. Le enredó aún más con sus hilos, inmovilizándole con un leve picotazo, asegurándose así de que podía regresar nuevamente donde el jugoso escarabajo. Cuando agotase a este y si tuviese mucha hambre, se dijo, ya acudiría y daría buena cuenta del insecto palo. 'Al fin y al cabo', se dijo, 'a buen hambre no hay insecto malo'. 
El negro escarabajo parecía no agotarse, en tanto el insecto palo, aturdido, apenas se esforzaba ya por desenmarañarse. Aguardó a su suerte, confiando en que el tiempo de espera de lo que fuese a ocurrirle no resultase largo.
He aquí que en esa espera, una sombra ocultó parte de la telaraña. Unos grandes ojos se fijaron no solo en el escarabajo y la araña chupándole hasta la última gota de vida. También en el pequeño ovillito de seda en uno de los extremos de la telaraña. La niña usó una ramita, pero no como otras veces para atraer la atención de la araña, sino para romper parte de los hilos y disipar así la curiosidad por saber qué insecto había atrapado ese día aquella pérfida tejedora. Fue así como contempló al pequeño bicho palo, inmóvil, condenado a su suerte. Y si bien a la niña lo que más le gustaba era ver el momento en el que la araña acudía rápida para atenazar y ovillar a su presa, sintió un repentino apego por el insecto palo antes de cortar, con la ramita, el hilo que lo mantenía colgado de la telaraña. 
La araña, al notar la rotura, se escondió en su refugio incómoda ante tanto trajín. Supuso que debía de tratarse de aquel ser que de tanto en tanto la incordiaba. Solo salió cuando la gran sombra desapareció. Fue al extremo de su telaraña para descubrir que el insecto palo ya no estaba. No lo echó de menos, se consoló diciéndose a sí misma que era flaco y añoso, acudiendo presta donde el jugoso escarabajo negro que seguiría dándole alimento durante un tiempo, aunque como todos los insectos que caían en su trampa, acabaría por agotarse.

martes, 30 de mayo de 2017

Fin del hechizo


A pesar de que su padre les había pedido que se fueran a dormir, los dos niños jugaban en su cuarto despreocupados.
―¿Qué ocurre aquí? ―gritó aquel, entrando de improviso.
Ellos se asustaron permaneciendo en silencio y, más tarde, corriendo a esconderse bajo las sábanas de sus respectivas camas
―Si os portáis así de mal vendrá la bruja y os llevará a su cueva.
El muchacho se rió asegurando que no existían las brujas. Su hermana, algo más joven, no dijo nada, prefirió seguir atenta con la mirada a las palabras y los gestos de su padre. Este acercó una silla para sentarse justo en el espacio entre ambas camas.
―Parece que estás muy seguro, quizá deba dejar entonces la ventana abierta esta noche. Así, cuando estéis durmiendo, la bruja podrá colarse y decidir si os lleva o no con ella, ¿qué os parece?
―¡No, no! ―gritó la muchacha. Su hermano esta vez no dijo nada, pareció meditar antes de hablar de nuevo:
―¿Tú la has visto, papá?
―¿A quién, a la bruja? ―Hizo una pausa como si tratara de recordar, asintiendo―. Sí, claro.
La muchacha se tapó hasta la nariz con las sábanas al escuchar aquello. Sobre todo cuando su hermano pidió con insistencia que les contara cómo era la bruja, si realmente tenía aquel aspecto tan horrible que aseguraban los rumores.
―¿No decías que no existían? ―le reprochó su hermana en voz baja completamente tapada.
Un ruido procedente del exterior del cuarto hizo que los dos niños gritaran a la vez. Se trataba de su madre que llegó en ese momento para desearles las buenas noches.
―¿Por qué gritaron? ―preguntó a su marido, ¿no les estarás contando historias para que no se duerman? ―le reprochó en un tono amable.
―No, cielo, creo que se asustaron al oírte llegar.
―Pues no tenéis de qué asustaros, solo vine a daros el beso de buenas noches. ―Y diciendo esto, se acercó primero a la niña y, a continuación, al niño. Este dijo que en realidad esperaba oír la historia de la bruja antes de dormirse.
―¿Qué bruja? ―preguntó su madre encarándose a su marido. Este le guiñó un ojo antes de decir:
―Ya sabes, la bruja del bosque…
―¡Ah, esa bruja! ―También ella le guiñó un ojo, asintiendo.
―¿Tú también conociste a la bruja, mamá? ―Quiso saber el muchacho. Su hermana abrió los ojos sorprendida esperando la respuesta.
―Pues sí, también sé la historia de la bruja. Aunque dejaré que os la cuente vuestro padre. No tardes ―añadió, depositando un beso en la mejilla de este con un nuevo guiño.
Él entendió de inmediato, por lo que se dispuso a contar lo más resumido posible la historia y así poder acudir al lecho conyugal con premura.
―La bruja del bosque tenía un aspecto horrible, sí ―comenzó― , era su apariencia real, solo que como bruja conocía el poder de las plantas y los animales que la servían, así que solía prepararse un brebaje. Cuando se lo tomaba, su aspecto cambiada de tal manera que parecía una joven bella y adorable.
―¿Así es como atraía a los niños para comérselos? ―preguntó el hijo.
―Mmm, bueno, también. Pero en realidad, lo que la bruja quería era atraer a jóvenes, ya fueran  lozanos o viejos, príncipes o no, para obtener de ellos algo muy importante, pues de otro modo envejecía rápidamente. Mmm, para que lo entendáis, lo de las plantas solo le servía por fuera, como cuando las hojas de los árboles cambian de color en otoño. Cuando pasaba tiempo con muchachos jóvenes y apuestos era cuando rejuvenecía.
»El caso es que la bruja recogía flores en el bosque, las preparaba en un gran caldero a la lumbre, en su cueva, y al beberse el brebaje se volvía guapa para así poder engañar y atraer a los pobres infelices que se le acercasen.
»Por entonces yo vivía en una casa como esta, ya no era tan joven, aunque de vez en cuando me gustaba ir al bosque a perseguir animales o a bañarme en el río. Y eso a pesar de que había escuchado lo peligroso que era internarse en la espesura estando en ella la cueva de la bruja... Creo que me pasaba un poco lo que a ti ―dijo señalando a su hijo―, que en fondo no creía mucho en las brujas ni en sus hechizos.
―¿Y qué pasó, papá, la viste? ―se impacientó aquel.
―Como ya os dije, sí ―asintió―. Un día que paseaba tranquilamente, distraído, vi a una joven realmente hermosa.
―¿Era la bruja?
―Sí, y no me interrumpas. Era la bruja, pero yo no lo sabía. Tenía el pelo rubio y largo, se lo tocaba a menudo. Con su voz suave me preguntó a dónde iba y si quería que la acompañase a dar un paseo.
La niña movió la cabeza negando, como temiendo qué iba a ocurrir a continuación en la historia; su padre le hizo un gesto para que se calmase.
―¿Te llevó a su cueva, papá?
―Bueno, en realidad estuve varias veces a punto de caer en su hechizo. La bruja era muy egoísta y, por aquel tiempo, un noble de la región, que tampoco creía en las brujas y a quien llamaban el Caballero Negro, se internó en el bosque atrayendo su atención. Más alto, apuesto, joven y valeroso, la bruja corrió a su encuentro sin pensárselo mucho, dejándome ir sin más...
»Veo que ya es muy tarde y tenéis sueño, se os están cerrando los ojos ―dijo poniéndose en pie al ver a su hija bostezar y al recordar también que su mujer le esperaba impaciente en el cuarto contiguo―. Mañana os cuento como termina la historia...
―¡No, papá!; ¡por favor, cuéntanos qué pasó después! ―insistió el hijo.
―Está bien ―accedió al ver que, en efecto, el muchacho no parecía tener una pizca de sueño. Se lo reprochó mentalmente, pues, de otro modo, de no haberles dicho nada sobre la bruja, estaría en ese momento entre los brazos de su mujer como era su deseo.
―Volví al bosque varias veces después de aquello, no podía creer lo que decían las gentes del lugar: que aquella muchacha joven y guapa fuera una bruja. Parecía tan increíble… Las brujas siempre me las había imaginado viejas y feas. Pero ya os dije que la bruja conocía el secreto de las plantas y lo usaba para cambiar su aspecto.
»Tampoco el Caballero Negro debía creía en aquello, pues al parecer se internaba muchos días en el bosque, a menudo solo, sin sus guardias. ¿Para qué los necesitaba, les debía decir, si era más fuerte y vigoroso que aquella joven de rubios cabellos y voz adorable? Y, claro, la bruja se aprovechaba de ello para robarle parte de la juventud cuando estaban juntos. De esta forma se sentía joven no solo por fuera, sino por dentro: rejuvenecía concentrando cada día más y más poder. De día, el Caballero Negro parecía despertar del encantamiento y huía de la cueva, se alejaba y, en su desespero, la bruja buscaba a más jóvenes y más plantas, confiada en que aquel volvería tarde o temprano a causa del hechizo.
»Un día me decidí a ir al bosque a descubrir si era verdad lo del encantamiento de la bruja. Me acerqué sigiloso por la vera del río. Oculto entre la maleza, fui acercándome a quien me pareció la joven atractiva de la vez anterior, la bruja, en realidad. Era tan guapa, parecía tan inocente, su voz sonaba tan dulce cuando cantaba… que olvidé por un momento lo más importante. Me vio y, acercándose a mi, me acarició, incluso me besó llevándome del brazo por el camino hasta su cueva.  Imagino que me confié, que como otros jóvenes o el propio Caballero Negro, no vi sino su delicada apariencia y así es fácil caer en el hechizo… ¿Te duermes, hijo?
―No, papá ―dijo bostezando, en realidad sí que se le cerraban los ojos; su hermana hacía ya un rato que se había dormido.
―Acabo ya. En realidad, lo que me salvó fue... una paloma ―dijo sonriendo, al evocar esa parte de sus recuerdos.
―¿Una paloma? ―dijo de repente el chico como despertándose de su sopor.
―Una muchacha que solía ir también al río a por agua nos vio por casualidad ese día. Al parecer, nos siguió.  Se preocupó por el hecho de que fuera verdad lo que contaban en las aldeas cercanas, lo de que la bruja se hacía pasar por una joven de rubios cabellos que seducía a los muchachos y nobles de la región. En algún momento debió pensar que era cierto, pues le inquietó la forma en la que la bruja me llevaba por el camino que ascendía hasta la cueva.
»Por una parte quería acercarse para avisarme, pero por otra temía que de ser cierto la bruja le lanzase algún extraño conjuro. Así que, viendo que unas palomas habían hecho un nido en una rama baja en uno de los árboles, se subió a aquel. Tomó un par de huevos del nido con cierta tristeza por lo que iba a hacer y…
No continuó. Su hijo se había quedado también dormido. Le besó, le arropó y apagó la luz del cuarto susurrando un buenas noches.
―Me estaba quedando dormida ―oyó en un susurro cuando entró en el dormitorio contiguo.
―¿Enciendo la luz? ―preguntó, aunque sabía la respuesta.
Las manos de su mujer le desnudaron despacio, ella ya lo estaba. En unos minutos, sin hacer mucho ruido para no despertar a sus hijos, se entregaron mutuamente al deseo. Cuando hubieron terminado, abrazados, ella le preguntó por la historia que les había contado a los pequeños.
―No la terminé, se quedaron dormidos antes del final.
―Siempre haces lo mismo cuando te pones a contar historias, cielo; creo que deberías dedicarte a escribirlas, quizá un día se hagan mayores y quieran leerlas.
―Puede que lo haga ―dijo apretando contra sí a su mujer.
―¿Y dónde te has quedado?, por curiosidad.
―A punto de que me lanzases los dos huevos.
Hubo una sonrisa taimada de ambos.
―Es lo primero que se me ocurrió ―dijo ella. Tenías que haberte visto con las yemas en el rostro.
―La verdad es que me sentí ridículo.
―De eso se trataba, al menos sirvió para que vieras más claro, a pesar de los huevos ―volvió a reír ella.
―Creo que nunca te di las gracias… ―Y diciendo esto, su mano recorrió la espalda de su mujer, luego las nalgas. Ella percibió que el deseo regresaba a ambos.
―Mmm, ¿dos en una misma noche? Creo que ha valido la pena esperar a que me las des.
Esta vez hicieron algo más de ruido, pero sus hijos no se despertaron, estaban sumidos en un profundo sueño avivado por aquella historia de brujas y caballeros. Justo antes de dejarse también abrazar por los brazos de Morfeo, la esposa le preguntó quedamente al marido por la bruja.
―¿Qué habrá sido de ella?
―No lo sé, era una egoísta, ¿quién sabe? Duérmete o tendré que darte las gracias otra vez.
―Si eso es una amenaza, espero que la cumplas todas las noches, amor mío.

martes, 23 de mayo de 2017

El examen

Hoy Almudena, mi hija, se examinaba del carné de conducir. Del teórico. Anoche se acostó tarde. Supuse que estuvo repasando cuestionarios, por lo de los fallos permitidos. Esta mañana, cuando le he preguntado, me ha dicho que con el trabajillo que se ha buscado por las tardes apenas le había dado tiempo a repasarse bien bien la teoría. Que tests había hecho más bien pocos, pero que confiaba en aprobar. Lo dijo de una manera tan rotunda, tan convincente que no supe qué responderle.
'Marcaré la respuesta más lógica', me había medio susurrado cuando nos hemos despedido en el vestíbulo de casa. Le propuse acompañarla hasta la autoescuela, por si estaba nerviosa. Me miró como si le hubiera dicho algo ofensivo. El nervioso -claramente- era yo. No la vi alterada, en realidad, no le gusta que la vean con su padre ni por la autoescuela ni en el instituto.

La seguí con la mirada a través de la ventana, un poco oculto para que no me viese, confirmando que el nervioso era yo, el que tiene el runrún en el estómago por más que vi que caminaba decidida, sonriente, incluso que saludaba a un chico antes de girar la esquina de la avenida y verla desaparecer en dirección a la autoescuela hablando juntos.
Mi mujer dice que me preocupo demasiado, que debo dejarla un poco a su aire, no agobiarla. Lo de responder que ‘me preocupo por ella’ dice que ya no cuela. Tendré que confiar en mi mujer, en ambas, pues sé que hablan más a menudo. A su madre le cuenta casi cada vez que va al baño. A mí, en cambio, Almudena me cuenta lo justo, 'lo importante', dice; de tanto en tanto sí que me pide dinero o quiere que me ponga de su parte si discute con su madre.

'¿Crees que aprobará?' Se lo he preguntado por teléfono esta mañana a mi mujer, tras ver a mi hija doblar la esquina. Lleva unos días de congreso en Madrid, he imaginado que ambas habrían hablado, eso y que quizá ella sepa algo más, tampoco sé si mucho más. 

Me dice que sí, que no me preocupe, que tengo que confiar más en ella. ¿Dónde he oído esto antes? Justo cuando voy a expulsar el aire que lleva apretándome unos minutos en el pecho, me pregunta algo que me desconcierta: "¿Has visto si Almu ha quedado con su amigo para ir al examen?"
Al principio dudo, medito la respuesta.
"Sé que te gusta ver a dónde va cuando sale de casa, desde la ventana; crees que ella no te ve, pero sí. Bueno, dime, ¿la has visto esta mañana con un chico moreno?"

Entonces es cuando caigo en la cuenta de que sí, retengo en los labios ese monosílabo al evocar la imagen de mi Almudena acercándose a la esquina de la avenida donde me pareció verla saludar a un chico alto, de color, marcharse juntos.
Sí -contesto al fin-. ¿Quién es? ¿Es su novio? -Ahí es donde mi mujer parece tomar aire, buscar las palabras-. ¿Están saliendo, sale con un…? -pregunto inquieto sin acabar la frase.

Espero que no vayas a decir la palabra que creo -me dice, me lo reprocha, más bien-. Ves, por eso tiene miedo de no contarte cosas -sigue en tono áspero-. Tienes que confiar en ella, deja de juzgarla.
Pero… ¿A ti te parece bien?

A mi sí, si es feliz me parece genial. Y ahora espero que te comportes, ya sabes a lo que me refiero.  

Aún añade algo más antes de despedirse recordándome que tiene una charla en el hotel en media hora. La cabeza se me ha ido a ese guiño que me ha dejado caer.
A principios de este año, Almudena se nos presentó en casa con un chico muy formal, algo tímido, educado hasta rozar lo empalagoso, me sorprendió teniendo en cuenta que algunos amigos suyos habían aparecido por casa con unas pintas que juro no sabía si darles la mano o una limosna por mucho que mi mujer me lo reprendiese con miradas y algún que otro codazo disimulado en la mesa. Con aquel chico, en cambio -el formalito, digo- fui yo el que le mandaba señales a ella de que me parecía estupendo. Cuando este anunció que quería estudiar medicina casi se me saltan las lágrimas de contento. ¡¡Un futuro médico!! Mi mujer había estado más atenta a nuestra hija, lo de la universidad, al parecer, no lo tenían muy claro entre ellos dos. El caso es que todo iba muy bien ese día hasta que allá por los postres Almudena soltó la noticia: tenía pensado irse un tiempo a vivir con él. Me costó entender a qué se refería. El chaval residía aquí, en Valencia, provisionalmente, él era de Tenerife y su idea era regresar y estudiar en la Universidad de La Laguna.

'¿También tú quieres estudiar en esa universidad?', le pregunté a mi hija. Dos sorpresas, pues: la del viaje y la de querer estudiar una carrera universitaria. Se tomó una pausa para mirar a su madre antes de decir que no, que lo de la carrera no la convencía..., pero sí lo de irse unos meses, o un año, añadió como bajando el tono de voz.

¿Un año en Tenerife, tú sola?
El brazo de mi mujer se apoyó en el mío. 'Lo hablaremos con calma', me dijo.

Y lo hablamos, porque el chico parecía muy formal, de verdad, pero un año fuera de casa, tan lejos, sin ni siquiera saber qué estaría estudiando…, le dije a mi mujer que no me parecía bien. Durante semanas hubo desde discusiones a portazos, pasando por silencios incómodos en la cocina o en el comedor cuando coincidíamos los tres. 

No sé qué pasó con el aspirante a médico, imagino que regresó a su casa en las islas. Almudena no me contó mucho, sí que había encontrado un trabajo a media jornada por las tardes en una perfumería. Me pareció bien, nos pareció bien, aquí incluyo a mi mujer que, a solas, esa noche, me recordó cierta frase que yo había lanzado al aire durante una cena.
Le dijiste que si se encontraba un trabajo y ganaba su propio dinero podría hacer lo que quisiera, incluso viajar.

Miré el reloj, el examen teórico de conducir era a las ocho. Ya habrían terminado, pensé. También en llamarla o mandarle un mensaje para ver qué tal le había ido. Hasta que no me dijera que había aprobado no desaparecerían mis nervios en el estómago. En realidad no creo que desaparezcan a lo largo de la mañana, ni tan siquiera si ella o su madre me dijeran que ha aprobado. Ahora no dejo de pensar en ese nuevo amigo -o novio- que se ha echado Almudena. Quizá tenga razón mi mujer y deba dejarla a su aire; me va a costar, pero prefiero que vuelva a confiar en mí. Solo espero que no me diga que su amigo es de, no sé…, ¿Senegal?, y quiere irse a África un mes. Me da la sensación de que tenía que haberle dicho que sí a lo de Tenerife, al menos allí hablan español. Nota mental, no decirle nada de esto a mi mujer.