domingo, 1 de abril de 2018

Torrijas saludables (y sostenibles)

Mi forma de homenajear a mi madre, por recordarme estos días que va a cocinar más de la cuenta, por si me quiero llevar de su casa a la mía algo de lo que haga (en exceso) y comérmelo, es compartiendo esta receta de TORRIJAS. Todo y que estoy seguro de que si nos hiciéramos (ambos) un análisis tras estas fiestas de Cuaresma... lo mismo nos salía el colesterol y/o el azúcar por las nubes... Como sé que a ella eso de variar la receta tradicional no lo va a ver muy allá, os dejo esta que a buen seguro encontraréis tal cual o sin muchos aditamentos en Internet.
Buen provecho.

Ingredientes:
  • Rebanadas de pan (integral), lo que hará que la receta sea sostenible es aprovechar pan que se nos haya hecho duro, ese que lleva varios días en casa y no sabemos qué hacer con él. La cantidad irá en función del apetito de cada cual, más vale quedarse con hambre a que queden torrijas  'rodando' en la nevera.
  • ¼ de litro de leche de soja o de almendras; no se necesita mucha, por lo que mejor usar poca, la justa, y así también cocinaremos responsablemente. 
  • 4 cucharadas de harina de garbanzos y un poco de agua; lo pongo junto porque con ello haremos el rebozado, evitando pasar las torrijas por huevo batido.
  • 4 cucharadas de azúcar de coco o sirope de ágave; a la hora de endulzar, puede usarse cualquiera de ambos, incluso estevia; además del índice glucémico (para quien sí lo tenga en cuenta) pensad que el azúcar de coco es rico en minerales y vitaminas del grupo B.
  • 1 corteza de limón o naranja; puede usarse una que hayamos reservado con anterioridad, días o semanas atrás; bien lavada y conservada en un tarro de vidrio en la nevera. (Aprovechar las cortezas es también un guiño a un consumo responsable y sostenible).
  • Canela en rama y en polvo; podemos variar la receta original sustituyendo este aroma empleando otros condimentos además de adquiridos en comercios de proximidad, más ecológicos y responsables con el medio ambiente. 
Preparación:

  1. Cortamos el pan en rebanadas no muy gruesas.
  2. En un cazo calentamos la leche con la canela en rama y la corteza del limón/naranja. Cuando esté caliente, extraemos la canela y añadimos el azúcar de coco; cuando se haya integrado por completo retiramos del fuego.
  3. Sumergimos las rebanadas de pan en la mezcla de leche azucarada. Las dejamos allí unos minutos para que absorban la leche, pero que no queden demasiado blandas. En todo caso, escurrir para que no las rebocemos muy caldosas.
  4. En un bol aparte mezclar la harina de garbanzos con el agua. Rebozar las torrijas en esta mezcla. 
  5. Freír en abundante aceite caliente (aceite de oliva virgen extra) hasta que se doren.
  6. Añadir, si se quiere, un poco de azúcar de coco o sirope y canela en polvo por encima. 
  7. Dejar enfriar.

sábado, 3 de marzo de 2018

A Sergio, agradecido


Cada paso que damos nos damos cuenta que donde quiera que vayamos,
estamos en camino hacia la eternidad.

A Sergio Martinez, que ya viaja hacia ese lugar mejor donde nos esperará con una sonrisa inquebrantable.

El anciano llevaba varios días inquieto por las noches. Se acostaba pronto, pero no conseguía hilar el sueño hasta bien entrada la madrugada para despertarse antes del alba. Vivía solo, su casa era humilde, sus rutinas diarias le hacían feliz a pesar de la ausencia de vecinos y visitas desde hacía ya tiempo. Si en algún momento notaba un cosquilleo molesto cerca del corazón, acudía, arrastrando despacio los pies, al cuarto más alejado de la casa. Encendía la bombilla desnuda y se quedaba unos instantes contemplando las fotografías enmarcadas y los recuerdos en las paredes y estantes. De tanto en tanto se le escapaba una lágrima soslayada que dejaba caer sin esfuerzo. Su fotografía favorita, a la que acudía acercándose con la vista cansada y a la vez animosa, era una con dos jóvenes de frente. Estos, montados en sus motocicletas, festejaban una carrera con una amplia sonrisa, mirando al fotógrafo. En realidad, fotógrafa.

La instantánea la había tomado la novia del que parecía más recio de los dos. Los recuerdos venían entonces a su mente como a lomos de aquellas motocicletas. Tomaba la única silla en el cuarto y se quedaba largo tiempo mirando y evocando aquel recuerdo, aquella fotografía, hasta volverla real.

La carrera se había retrasado por la lluvia, pero finalmente se celebró con gran expectación de público y medios. Sergio se había preparado a conciencia. Se lo había comentado a María, su novia, pidiéndole que se colocara cerca de la meta para que le tomara una buena fotografía. En la línea de salida los participantes ocuparon sus puestos junto un debutante que no contaba para las encuestas. Tras la señal de salida, las motocicletas ensordecieron la pista para disfrute de los asistentes. Sergio fue ascendiendo posiciones hasta hacerse un hueco en la terna de cabeza. Le siguió a rueda el debutante. Los cuatro motoristas encararon la recta final casi en un puño, pisando a fondo el acelerador al ver la bandera de cuadros. La foto finish dio la victoria por muy poco a Sergio. Victorioso, al bajar del cajón del podio, quiso hablar con el cuarto, con el debutante. Surgió entre ellos una rápida complicidad y le pidió a María que les tomara una foto sobre sus motocicletas. Coincidieron en más competiciones, a Javier le fascinaba el buen humor de Sergio antes y después de las carreras, su camaradería con los compañeros y la vitalidad dentro y fuera de los circuitos.  

Un día recibió una llamada de María. Sergio había tenido un accidente durante unos entrenamientos libres. Le habían hospitalizado en cuidados intensivos. Javier supo que aquella era otra prueba más en la vida de Sergio, que saldría de ella victorioso, estaba convencido de ello. Y se convenció aún más cuando, a través de María, fue sabiendo que el estado de salud de su amigo tuvo que sortear desde un infarto a una intervención larga y complicada. Sergio es fuerte, se repetía, es un luchador y vencerá; ya lo verás.

Sentado en la silla, frente a la fotografía, los ojos se le anegaron de lágrimas. El rumor en el corazón le empezó a incomodar al traer nuevos y dolorosos recuerdos. Se puso en pie con torpeza, aferrándose al marco de la puerta. Antes de cerrar la habitación y apagar la luz echó un vistazo a la fotografía. Creyó ver a su amigo Sergio más sonriente que nunca.

Esa noche el sueño le vino suave, plácido. Le agradó verse joven de nuevo, reconoció a María con su cámara de fotos pidiéndole que se acercara a Sergio. Oía el ruido de la gente, el de las motocicletas, aunque no vio a su amigo a pesar de las señas de María. Podía escuchar el motor de la moto de Sergio tan cerca… Tan cerca que se despertó con el corazón encogido. Salió de la cama y se asomó a la ventana porque seguía escuchando la motocicleta de Sergio allí fuera. Los ojos se le humedecieron al ver por el camino la silueta de su amigo montado en su fantástica Harley-Davison. Era él, no le cupo ninguna duda, no había cambiado nada. No se preguntó cómo era posible. Su mente borró aquellas escenas cuando María, en el hospital, se abrazó a él para llorar en su hombro desconsolada. Por el contrario, sin hacer preguntas, se dirigió donde Sergio le esperaba paciente, con el motor en marcha, haciéndole un gesto para que se subiese con él. Y ya no le dolió el corazón, ni sintió molestias en sus huesos ni en sus pies cansados. Se encaramó con agilidad al asiento, le abrazó. Sergio, sin perder la sonrisa, le pidió que se agarrara fuerte porque iban a hacer un viaje muy largo. Ambos se perdieron por la línea del horizonte sin mirar atrás.

martes, 23 de mayo de 2017

El examen

Hoy Almudena, mi hija, se examinaba del carné de conducir. Del teórico. Anoche se acostó tarde. Supuse que estuvo repasando cuestionarios, por lo de los fallos permitidos. Esta mañana, cuando le he preguntado, me ha dicho que con el trabajillo que se ha buscado por las tardes apenas le había dado tiempo a repasarse bien bien la teoría. Que tests había hecho más bien pocos, pero que confiaba en aprobar. Lo dijo de una manera tan rotunda, tan convincente que no supe qué responderle.
'Marcaré la respuesta más lógica', me había medio susurrado cuando nos hemos despedido en el vestíbulo de casa. Le propuse acompañarla hasta la autoescuela, por si estaba nerviosa. Me miró como si le hubiera dicho algo ofensivo. El nervioso -claramente- era yo. No la vi alterada, en realidad, no le gusta que la vean con su padre ni por la autoescuela ni en el instituto.

La seguí con la mirada a través de la ventana, un poco oculto para que no me viese, confirmando que el nervioso era yo, el que tiene el runrún en el estómago por más que vi que caminaba decidida, sonriente, incluso que saludaba a un chico antes de girar la esquina de la avenida y verla desaparecer en dirección a la autoescuela hablando juntos.
Mi mujer dice que me preocupo demasiado, que debo dejarla un poco a su aire, no agobiarla. Lo de responder que ‘me preocupo por ella’ dice que ya no cuela. Tendré que confiar en mi mujer, en ambas, pues sé que hablan más a menudo. A su madre le cuenta casi cada vez que va al baño. A mí, en cambio, Almudena me cuenta lo justo, 'lo importante', dice; de tanto en tanto sí que me pide dinero o quiere que me ponga de su parte si discute con su madre.

'¿Crees que aprobará?' Se lo he preguntado por teléfono esta mañana a mi mujer, tras ver a mi hija doblar la esquina. Lleva unos días de congreso en Madrid, he imaginado que ambas habrían hablado, eso y que quizá ella sepa algo más, tampoco sé si mucho más. 

Me dice que sí, que no me preocupe, que tengo que confiar más en ella. ¿Dónde he oído esto antes? Justo cuando voy a expulsar el aire que lleva apretándome unos minutos en el pecho, me pregunta algo que me desconcierta: "¿Has visto si Almu ha quedado con su amigo para ir al examen?"
Al principio dudo, medito la respuesta.
"Sé que te gusta ver a dónde va cuando sale de casa, desde la ventana; crees que ella no te ve, pero sí. Bueno, dime, ¿la has visto esta mañana con un chico moreno?"

Entonces es cuando caigo en la cuenta de que sí, retengo en los labios ese monosílabo al evocar la imagen de mi Almudena acercándose a la esquina de la avenida donde me pareció verla saludar a un chico alto, de color, marcharse juntos.
Sí -contesto al fin-. ¿Quién es? ¿Es su novio? -Ahí es donde mi mujer parece tomar aire, buscar las palabras-. ¿Están saliendo, sale con un…? -pregunto inquieto sin acabar la frase.

Espero que no vayas a decir la palabra que creo -me dice, me lo reprocha, más bien-. Ves, por eso tiene miedo de no contarte cosas -sigue en tono áspero-. Tienes que confiar en ella, deja de juzgarla.
Pero… ¿A ti te parece bien?

A mi sí, si es feliz me parece genial. Y ahora espero que te comportes, ya sabes a lo que me refiero.  

Aún añade algo más antes de despedirse recordándome que tiene una charla en el hotel en media hora. La cabeza se me ha ido a ese guiño que me ha dejado caer.
A principios de este año, Almudena se nos presentó en casa con un chico muy formal, algo tímido, educado hasta rozar lo empalagoso, me sorprendió teniendo en cuenta que algunos amigos suyos habían aparecido por casa con unas pintas que juro no sabía si darles la mano o una limosna por mucho que mi mujer me lo reprendiese con miradas y algún que otro codazo disimulado en la mesa. Con aquel chico, en cambio -el formalito, digo- fui yo el que le mandaba señales a ella de que me parecía estupendo. Cuando este anunció que quería estudiar medicina casi se me saltan las lágrimas de contento. ¡¡Un futuro médico!! Mi mujer había estado más atenta a nuestra hija, lo de la universidad, al parecer, no lo tenían muy claro entre ellos dos. El caso es que todo iba muy bien ese día hasta que allá por los postres Almudena soltó la noticia: tenía pensado irse un tiempo a vivir con él. Me costó entender a qué se refería. El chaval residía aquí, en Valencia, provisionalmente, él era de Tenerife y su idea era regresar y estudiar en la Universidad de La Laguna.

'¿También tú quieres estudiar en esa universidad?', le pregunté a mi hija. Dos sorpresas, pues: la del viaje y la de querer estudiar una carrera universitaria. Se tomó una pausa para mirar a su madre antes de decir que no, que lo de la carrera no la convencía..., pero sí lo de irse unos meses, o un año, añadió como bajando el tono de voz.

¿Un año en Tenerife, tú sola?
El brazo de mi mujer se apoyó en el mío. 'Lo hablaremos con calma', me dijo.

Y lo hablamos, porque el chico parecía muy formal, de verdad, pero un año fuera de casa, tan lejos, sin ni siquiera saber qué estaría estudiando…, le dije a mi mujer que no me parecía bien. Durante semanas hubo desde discusiones a portazos, pasando por silencios incómodos en la cocina o en el comedor cuando coincidíamos los tres. 

No sé qué pasó con el aspirante a médico, imagino que regresó a su casa en las islas. Almudena no me contó mucho, sí que había encontrado un trabajo a media jornada por las tardes en una perfumería. Me pareció bien, nos pareció bien, aquí incluyo a mi mujer que, a solas, esa noche, me recordó cierta frase que yo había lanzado al aire durante una cena.
Le dijiste que si se encontraba un trabajo y ganaba su propio dinero podría hacer lo que quisiera, incluso viajar.

Miré el reloj, el examen teórico de conducir era a las ocho. Ya habrían terminado, pensé. También en llamarla o mandarle un mensaje para ver qué tal le había ido. Hasta que no me dijera que había aprobado no desaparecerían mis nervios en el estómago. En realidad no creo que desaparezcan a lo largo de la mañana, ni tan siquiera si ella o su madre me dijeran que ha aprobado. Ahora no dejo de pensar en ese nuevo amigo -o novio- que se ha echado Almudena. Quizá tenga razón mi mujer y deba dejarla a su aire; me va a costar, pero prefiero que vuelva a confiar en mí. Solo espero que no me diga que su amigo es de, no sé…, ¿Senegal?, y quiere irse a África un mes. Me da la sensación de que tenía que haberle dicho que sí a lo de Tenerife, al menos allí hablan español. Nota mental, no decirle nada de esto a mi mujer.

lunes, 22 de mayo de 2017

Superpoderes


Cuando era chico me encantaban los tebeos y las películas de superhéroes. Eso de que una persona pudiera volar o tener una fuerza descomunal me parecía asombroso y, de alguna forma, fantaseaba con tener algún día un superpoder así. No me ponía de acuerdo en cuál prefería; en realidad, mi imaginación desbordante no se contentaba con uno solo y me veía en mis sueños despiertos con la capacidad de volar de superman, con la de la superfuerza de la masa o la de invisibilidad de la mujer maravilla que me sacó más de una sonrisa en mi adolescencia, cuando comencé a pensar en chicas, en qué ocurriría si entraba de tapadillo en los aseos femeninos de mi colegio… Cosas de adolescentes.
También comprobé que no era el único que anhelaba esos poderes extraordinarios. Un amigo de mi barrio compartía los mismos sueños. Él fue unas de las pocas personas a las que me atreví a hablarle de mis locuras por miedo a que se riesen de mí. Y, como en mi caso, debatíamos algunas tardes cuáles eran los mejores superpoderes a la hora de que pudiéramos elegir o escoger el que nos gustaría tener.
El tiempo pasó y no solamente mis superhéroes quedaron relegados al olvido sino que también mi amigo se mudó de ciudad hasta no hace mucho, meses atrás, cuando volvimos a coincidir de nuevo. Esta vez la complicidad vino porque, a pesar de nuestras edades y giros de la vida, seguíamos solteros y sin intención de casarnos a corto plazo. En una de esas conversaciones de reencuentro y evocación, sin saber cómo, me acordé de lo del superpoder.
Mi amigo me habló de una chica que le gustaba. Lo de chica me sonó dulcemente extraño. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie hablar así de alguien. Me pareció divertido, al principio, incluso llegué a pensar que exageraba, que era producto del alcohol ingerido, aunque tampoco esa noche habíamos bebido tanto.
Es muy guapa, repetía, y creo que le brillaban los ojos al hacerlo, ya digo que lo mismo era por las cervezas, pero claro, luego ponía aquella cara de alelado y terminé por creerme lo del superpoder.
Sí, mi amigo dijo que la chica en cuestión le había transformado. Como le insistí, pidiendo otra ronda, en que me diera detalles, se dejó caer en el respaldo de su silla y, de nuevo con aquella cara de empanado, me dijo que pensaba en ella todo el tiempo.
Eso es que te has enamorado, le dije.
¿A mi edad?, me contestó.
Oye, sin faltar que también es la mía.
Por eso, no creo que sea amor.
¿Qué edad tiene?, pregunté cada vez más intrigado y con la mosca tras la oreja. Se tomó unos segundos en responder.
Veintiuno…
Acabáramos, terminé sentenciando, tranquilo, tiene cura. Y no, no es amor, te has enchochado.
No, no es eso; dijo a modo de escusa.
Créeme, yo pasé por eso. Solo has de tener cuidado, las de veinte si tienen un superpoder sobre los que peinamos canas.
La conversación siguió más o menos en esa línea, hubo otra ronda de zumo de cebada, más confesiones, algunas fotos que me enseñó como para que le dijera lo que no paraba de repetirme, que era muy guapa.
Recuerdo que cuando me levanté al día siguiente, resacoso, uno con los años va perdiendo la capacidad de aguantar el alcohol, volví a pensar en mi amigo, en cómo le había cambiado aquella joven –según había dicho con insistencia– que, para más señas, tenía a su vez novio, un amigo.
Sí, estaba pillada, como me dijo mi amigo Javier. Le insistí en que tuviera cuidado, pero en el fondo sabía que la joven araña le había atrapado en uno de sus hilos. La metáfora la saqué de un documental, unos de esos días. La araña lobo tiende hilos en busca de macho en época de celo, y estos, al tocar los filamentos impregnados en feromonas, se acercan telegrafiando sus intenciones, con cuidado, no sea que aquella les confunda con comida.
Me hubiera reído y mucho de cómo el superpoder del amor, así lo llamó mi amigo, hizo que en unos días se comprase ropa nueva, un cambio de look que casi me constó reconocerlo. También se apuntó a un gimnasio, luego supe que el ‘noviete’ de la araña era, además de más joven que mi amigo, un tipo musculado, de los de tableta de chocolate, como se dice ahora. Jamás vi el coche de Javier más limpio y reluciente, no pude callármelo el día que me recogió en la puerta del gimnasio, de donde salía, esbozando una sonrisa triunfal, con gomina en el pelo, para contarme las últimas novedades.
Han discutido, creo que van a romper.
Sentí tristeza, al menos una incomodidad en la boca del estómago que supuese tenía que ver con lo que escuchaba.
Espero que sepas lo que estás haciendo, recuerdo que le dije.
Estaba tan alegre que no me atreví a quitarle de golpe la escalera en la que se había encaramado a la nube. Me lo reproché durante los días siguientes, cuando no respondió a mis llamadas ni a mis mensajes de móvil.
Cabían las dos posibilidades, que estuvieran saliendo y, acaramelados, no tuviera ni tiempo de contestar al móvil. Sentí un poco de envidia, lo admito. Pero también estaba la otra causa, que la araña hubiera cortado el hilo. Esperaba no tener que consolarle tras la caída.
El tiempo es un orfebre implacable y no tardé en ver un día el coche de mi amigo tan sucio como el mío, que ya es decir. En el gimnasio me dijeron que hacía tiempo que no le veían, y cuando, por una casualidad premeditada, me acerqué por su barrio, por su portal, creí verle entrando en él con una bolsa del supermercado.
Javier, ¿eres tú? -Me pareció tan increíble su aspecto como cuando el nuevo look, solo que esta vez no me nació darle un abrazo alborozado-. ¿Qué te ha pasado?
Algún supervillano parecía haberle lanzado un rayo fulgurante, pues no solo estaba desmejorado, ¿cómo era posible que hubiese engordado así en tan poco tiempo desde que nos viésemos? Su aspecto desaliñado y las ojeras me hicieron temer lo peor.
Agachó la cabeza y se hizo el despistado, no quería hablar, no quería verme. Le insistí, volvió a mí el nudo en el estómago.
Entré en su casa, tras él, apenas se opuso. Me abstengo de describir cómo encontré su piso. Con lo que yo me quejo de lo descuidado que tengo el mío..., el suyo parecía un documental mostrando el paso de un tornado. Tardé en reaccionar, en buscar las preguntas, en el fondo temía conocer las respuestas, al menos una, la razón principal. Me senté a su lado. No debí hacerlo, mi presencia le desanimó aún más, comenzó a llorar sin motivo aparente. Se tapó la cara, dijo algunas frases cortas… Tuve que contenerme porque, en el fondo, me sentía un poco culpable, y sin embargo, al rato, se tranquilizó y me dijo que estaba bien. Era una excusa, su forma de decirme que prefería estar solo.
En las historietas de superhéroes y supervillanos había otra cosa maravillosa, además de los superpoderes: el final. Eran historias en las que el bien vencía al mal y los buenos, al final, acababan estupendamente. En la vida real, como muchos ya saben, no siempre ocurre esto. A veces el chico acaba con la chica, o viceversa; en otras se ve al grupo de amigos, a menudo con un perro superlisto, que montan una fiesta o una merienda y ríen cerrando entusiastas la viñeta final. 
Mi amigo Javier me contó cierto día que creía en el poder del amor, en el superpoder del amor, ese que logra transformar a personas tímidas en menos tímidas, a silenciosos en elocuentes y a tristones en entusiastas. Quizá en algún momento, en alguna viñeta, se nos olvidó recordar aquello que dijese el Hombre Araña de Marvel en la gran pantalla, aquel superhéroe que lanzaba hilos por los edificios para no caerse, sin quedar prendido de ninguno, y cuyos guionistas le hicieron decir una frase memorable: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Suerte, Javier.

Para todos los Javier que bailan o han bailado alguna vez entre los hilos de una araña joven y guapa.

martes, 21 de marzo de 2017

¿POR AMOR A QUÉ...?

He escuchado demasiadas veces eso de que los artistas a veces trabajamos por amor al arte. Imagino que va por barrios, como se suele decir. Quizá por eso, cuando toca hacer balance, buscar a gente por amor al arte, pienso en que es normal que los 'no artistas' nos vean como un poco bichos raros.
   Este año se cumplen 80 del fallecimiento del escritor norteamericano Howard P. Lovecraft. Tuve la oportunidad de leer algunos de sus relatos en mi adolescencia. He de confesar que algunos me parecieron una 'rayada' como se dice ahora. Recuerdo que uno de los primeros libros que me compré en la Feria del Libro de Valencia, estamos hablando de 1988 o 1989, fue uno de él, uno de relatos, que por alguna extraña razón presté o regalé (me arrepiento) a alguien que no recuerdo.
   Este año iba a ver la luz una antología de relatos inspirados en el universo de este autor, coordinada por alguien que conozco, pero que por razones varias no llegó a buen puerto. Habíamos puesto nuestras ilusiones unos cuantos amigos de aquí y de allá y nos sentimos un poco decepcionados al saber la noticia. Cual ave fénix surgió la idea de soplar las brasas y ver de dar continuidad al proyecto invitando a más escritores, otros locos por amor al arte, ya que no sabíamos si una editorial, al tener el manuscrito con los distintos relatos de 'locos' por Lovecraft decidiría publicar la antología y qué beneficios se obtendría.
HP Lovecraft 1890-1937
   La fe mueve montañas y el espíritu de los que pensamos más en la ilusión del proyecto que en el dinero sopló las velas del barco que, a fecha de hoy, navega con buen rumbo. Tuvimos que echar mano, como dije, de contactos, de otros 'locos' repartidos por la península, locas y locos que quisieran aportar su granito de arena sin prometerles nada. Tocamos a la puerta de algunos escritores más o menos conocidos en esto del terror, pero pusieron escusas variopintas, la mayoría coincidían en que preferían otros proyectos más lucrativos.
   La capitana de esta nave me animaba, me decía: "es normal, no te preocupes". Pero yo me preguntaba en qué punto un escritor se vuelve mercenario, mercachifle, en qué momento uno solo piensa en escribir por la pasta, en qué momento miras a ver quién está en la lista de pasajeros y, si no hay caché me apeo, no me interesa...
   La antología sigue navegando, en abril queremos tocar puerto editorial, buscar un editor que quiera apostar en el sueño de diez marineras y marineros que un día reparamos lo que la marea destrozó y, tras hacernos de nuevo a la mar, decidimos que lo más importante era el viaje, no Ítaca, no el vellocino de oro.
   Gracias a quienes seguís moviendo el mundo desde vuestras naves, sean cuales sean, sin importaros si al otro lado del horizonte habrá un caldero de oro.

"Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias." K. Kavafis.